miércoles, 6 de septiembre de 2006

Estados de ánimo


2

Salgo a la calle. Camino. Viene hacia mí una mujer.
-He perdido un dornajo siciliano –dice.
Alzo los hombros.
-Yo he perdido cuatro noches –digo.
La mujer es ahora la que alza los hombros. Se va. Aprisa. Levanto una piedra del suelo. La arrojo contra la primera ventana que encuentro. Del edificio sale alarmado un hombre.
-He sido yo –digo.
Se acerca.
-No veo la razón –indica.
El hombre huele a cerveza.
-Se lo explico con una copa en la mano –digo.
Nos introducimos a su habitación. Hay otros tres tipos más adentro. Juegan a las cartas. La casa huele a humedad, a pizza, a abandono. El humo de los cigarros es denso. Hay un desorden absoluto. Platos tirados, veintenas de macetas con flores marchitas, polvo visible.
-Es la persona que rompió el vidrio de la ventana –dice el hombre de la cerveza.
Los tres tipos voltean a verme.
-Mucho gusto –dice el de mayor edad.
Los otros continúan jugando. Me dan una cerveza. Me siento en el sofá. Miro de soslayo un par de piernas recostadas en una cama en la habitación conjunta. Los tipos están divertidísimos jugando. Miro el par de piernas. Pregunto dónde está el baño. Me señalan con el dedo un cuarto. Me pongo de pie. Y la veo de cuerpo entero. La mujer está durmiendo desnuda. Se ve bella. La miro largo rato.
Ya no entro al baño. Me dirijo a los hombres.
-¿Cuánto es por el vidrio roto?
Hacen ademanes gentiles que significan que ese asunto ya está olvidado, que no me preocupe, que me sienta en confianza.
-Si eso le hace bien, puede usted romper cuanto vidrio encuentre en la casa –dice el más joven.
Lo reflexiono un momento.
Y con mi cerveza voy rompiendo ventanas, loza, la pantalla de la televisión, una mesita de centro. Los hombres ríen. La mujer, a la que miro de soslayo, sigue durmiendo.
-Gracias –digo, al retirarme.
Los hombres están concentrados en su juego.
-De nada, pues, fue un placer –dice, por fin, el que me invitara a subir.
Ya afuera, atino a romper un cristal más de su ventana.

Víctor Roura,
De La ira de Dios es mayor, 1996.

martes, 5 de septiembre de 2006

18 aforismos 18


Amar: odiar toda cautela.

*

Si no hay nada que nos ayude a vivir
difícilmente encontraremos el menor pretexto
que nos ayude a pegarnos un tiro.

*

O la estupidez arde y duele como dolería un brazo
arrancado de cuajo o nunca podríamos sanar de ella.

*

Quisiéramos estar siempre como nunca.

*

La única diferencia apreciable entre filosofía y literatura
es que la primera finge que sabe,
mientras que la segunda sabe que finge.

*

Nunca sabremos por qué estamos deprimidos
-pues de saberlo más bien nos ganaría la risa.

*

La mayor utilidad de la historia es
la de mantener bien afilada la escala que sirve
para medir nuestra actual putrefacción.

*

Las rutinas son útiles porque nos demuestran
que nada predecible vale la pena.

*

No escribimos ni por asombro ni por deseo
ni por angustia, sino porque todo ello nos resulta
de algún modo insuficiente.

*

El infierno es éticamente superior al cielo: llegamos
a él porque queremos, no porque lo merezcamos.

*

La madurez se define por un incontrolado
aumento de la capacidad de indecisión.

*

Hay suficiente religión en no creer.

*

La memoria: imaginación enjaulada.

*

¿El arte de la conversación? Un sustituto
tardío del despiojamiento colectivo.

*

Si pensar es equivocarse, leer es dos veces equivocarse.

*

Perder el sentido del humor es peor
que perder el sentido en general.

*

La embriaguez –tan sólo una lucidez inexperta.

*

Los aforismos son extraños porque constituyen, en bloque,
el argumento más contundente que pueda esgrimirse
contra la necesidad de argumentar.


Sergio Espinosa Proa,
De Decápites, 1995.

lunes, 4 de septiembre de 2006

Sobre el teatro terapéutico


Si alguien deseaba expresar los residuos psíquicos, serpientes de sombra, que lo roían por dentro, le comunicaba la siguiente teoría: “El teatro es una fuerza mágica, una experiencia personal e intransmisible. Pertenece a todo el mundo. Basta con que te decidas a actuar en otra forma que la cotidiana para que esa fuerza transforme tu vida. Ya es hora de que rompas con los reflejos condicionados, los círculos hipnóticos, las autoconcepciones erróneas. La literatura le concede un gran lugar al tema del “doble”, alguien idéntico a ti que poco a poco te expulsa de tu propia vida, se apropia de tu territorio, de tus amistades, de tu familia, de tu trabajo, hasta transformarte en un paria e incluso tratar de asesinarte… Te debo decir que en realidad eres el “doble” y no el original. La identidad que crees la tuya, tu ego, no es más que una copia pálida, una aproximación de tu ser esencial. Te identificas con ese doble tan irrisorio como ilusorio y de pronto aparece el auténtico. El amo del lugar vuelve a tomar el sitio que le corresponde. En ese momento tu Yo limitado se siente perseguido, en peligro de muerte, lo que es cierto. Porque el ser auténtico terminará por disolver al doble. Nada te pertenece. Tu única posibilidad de ser es que aparezca el otro, tu naturaleza profunda, y te elimine. Se trata de un sacrificio sagrado en el cual deberás entregarte por entero al amo, sin angustia… Puesto que vives preso en tus ideas locas, sentimientos confusos, deseos artificiales, necesidades inútiles, ¿por qué no adoptas puntos de vista totalmente distintos? Por ejemplo, mañana serás un inmortal. Como un inmortal te levantarás y te cepillarás los dientes, como inmortal te vestirás y pensarás, como un inmortal recorrerás la ciudad… Durante una semana, veinticuatro horas al día, y para ningún cómplice espectador salvo tú mismo, serás el hombre que nunca morirá, actuando cual otra persona con tus amigos y conocidos, sin darles ninguna explicación. Lograrás ser un autor-actor-espectador, presentándote no en un teatro sino en la vida”.

Aunque dedicara la mayor parte de mi tiempo al cine, creando filmes como Fando y Lis, El Topo, La montaña sagrada o Santa sangre, actividad que me otorgó experiencias que necesitarían un libro entero para narrarlas, seguí desarrollando el arte del teatro-consejo. Establecía una serie de actos para realizar en un tiempo dado: cinco horas, doce horas, veinticuatro… Un programa elaborado en función del problema que acarreaba el consultante, destinado a romper el personaje con el que se había identificado para ayudarlo a restablecer los lazos con su naturaleza profunda. “Aquel que se deprime o alucina o fracasa, no eres tú.” A un ateo le hice adoptar durante una semana la personalidad de un santo. A una mujer, que sufría por odiar a sus hijos, le asigné el deber por contrato escrito y firmado con una gota de su sangre, de imitar durante cien años el amor materno. A un juez, preocupado del poder que tenía de castigar en nombre de una ley y una moral que le ofrecían dudas, le di la tarea de disfrazarse de vagabundo para ir a mendigar frente a la terraza de un restaurante, y de sus bolsillos debía extraer puñados de ojos de muñeca. A un hombre enfermizamente celoso, de dudosa virilidad, le hice llegar a una reunión familiar vestido de señora.

De este modo creaba sobre el personaje una persona destinada a visitar la vida cotidiana y mejorarla. En esa etapa mi búsqueda teatral fue adquiriendo una dimensión terapéutica. De autor y director, me transformé en consejero, dando instrucciones a las personas para que se liberaran del personaje y se comportaran como seres auténticos en la comedia de la existencia. La vía que les ofrecía era la de la imitación. El joven inexperto, que creyendo imitar a un santo civil se había aprovechado sexualmente de una pobre muchacha, ya estaba superado. Ahora el proceso se fundaba en un deseo real de cambiar. Si un buen católico practicaba la imitación de Cristo, ¿por qué un ateo harto de su incredulidad no comenzaría a imitar a un sacerdote? ¿Acaso un débil, sintiéndose impotente, con los testículos pintados de rojo, no podía imitar la fuerza viril? ¿Acaso una mujer, a quien la familia educó como un hombrecillo, para vencer su esterilidad no podía meterse una almohadilla bajo el vestido imitando que estaba encinta? Yo mismo, imitando aquello que más me faltaba, la fe, me di cuanta de lo lejos que estaba de creer en Dios, en el ser humano, en lo que fuera. Dudé del arte. ¿Para qué sirve? Si es para entretener a gente que teme despertarse, no me interesa. Si es un medio de triunfar económicamente, no me interesa. Si es una actividad adoptada por mi ego para ensalzarse, no me interesa. Si debo ser el bufón de aquellos que tienen el poder, que envenenan al planeta y que hambrean a millones, no me interesa. ¿Cuál es entonces la finalidad del arte? Después de una crisis tan profunda que me hizo pensar en el suicidio, llegué a la conclusión de que la finalidad del arte era sanar. “Si el arte no sana, no es arte”, me dije y decidí unir en mis actividades el arte y la terapia. No quiero que se me entienda mal. La terapia que yo conocía era realizada por espíritus científicos, que se enfrentaban al caótico inconsciente y trataban de darle un orden; extraían de los sueños un mensaje racional… Yo no llegaba de la ciencia a la terapia, sino del arte. Mi meta, por el contrario, era enseñarle a la razón a hablar el lenguaje de los sueños. No me interesaba el arte que se hacía terapia sino la terapia convertida en arte.

Alejandro Jodorowsky,
De La danza de la realidad, 2001.

domingo, 3 de septiembre de 2006

Usted pregunta si sus versos son buenos...


Usted pregunta si sus versos son buenos. Usted me lo pregunta. Ya lo ha preguntado a otros. Usted los envía a revistas. Usted los compara con otros poemas y usted se alarma cuando algunas redacciones descartan sus ensayos poéticos. En lo sucesivo (ya que me permite aconsejarlo) le suplico renuncie a todo eso. Su mirada está dirigida hacia afuera; sobre todo, es lo que debe evitar en lo sucesivo.
Nadie le puede dar consejo o ayuda. No hay más que un solo camino. Entre en usted mismo, busque la necesidad que lo obliga a escribir: examine si sus raíces penetran hasta lo más profundo de su corazón. Confiésese a usted mismo: ¿moriría si le estuviese vedado escribir? Sobre todo esto: pregúnteselo en la hora más silenciosa de la noche: “¿verdaderamente me siento apremiado para escribir?”. Hurgue en sí mismo hacia la más profunda respuesta. Si es afirmativa, si puede enfrentar una pregunta tan grave con un fuerte y simple: “Debo”, entonces construya su vida de acuerdo con esta necesidad.
Su vida, hasta en sus momentos más indiferentes, los más vacíos, debe convertirse en signo y testimonio de tal impulso. Entonces acérquese a la naturaleza. Intente decir, como si usted fuera el primer hombre, aquello que usted ve, vive, ama, pierde. No escriba poemas de amor. Evite de inmediato los temas más comunes: son los más difíciles. Ahí donde las tradiciones se han manifestado seguras, numerosas, a veces brillantes, es donde el poeta debe aguardar la madurez de su fuerza. Huya de los grandes temas, escoja los que la cotidianeidad ofrece. Diga sus tristezas y deseos, los pensamientos que lleguen a su cabeza, su fe en una belleza. Diga todo esto con una sinceridad íntima, tranquila y humilde. Use para expresarse las cosas que lo rodeen; las imágenes de sus sueños, los objetos de sus recuerdos. Si su cotidianeidad le parece pobre, no la culpe. Cúlpese a sí mismo de no ser lo suficiente poeta para encontrar sus riquezas. Para el creador nada es pobre, no hay lugares pobres ni indiferentes. Aún si estuviera en una prisión donde los muros acallaran todos los ruidos del mundo, ¿no podría recurrir a su infancia, esa preciosa, esa imperial riqueza, ese tesoro de recuerdos? Envíe allá su espíritu. Intente sacar a flote las impresiones sumergidas en ese vasto pasado. Se fortalecerá su personalidad, su soledad se poblará y se convertirá en una morada en las horas inciertas del día, cerrada a los ruidos del mundo. Y si de ese regreso a usted mismo, de esa inmersión en su propio mundo, vienen a usted los versos, entonces usted no soñará con preguntar si son buenos esos versos. No tratará de interesar a las revistas en esos trabajos, porque usted disfrutará como de una posesión natural, que le será querida como uno de sus modos de vida y expresión.
Una obra de arte es buena cuando nace de la necesidad. Es la naturaleza de su origen quien la juzga. Así, estimado señor, no tengo para usted otro consejo que éste: intérnese en usted, sondee las profundidades donde su vida tiene su origen. Es ahí donde encontrará la respuesta a la pregunta: ¿debe usted crear? De esta respuesta recoja el sonido sin forzar el significado. Puede ser que el Arte os llame. Entonces, escoja tal destino, llévelo con su peso y grandeza sin exigir jamás recompensa alguna del exterior. Porque el creador debe ser todo un universo para sí mismo, hallar todo en sí y en el fragmento de la Naturaleza a la que él está unido.
Podría ser que después de este descenso hacia sí mismo, en su soledad individual, debiese renunciar a convertirse en poeta (bastaría, considero, sentir que se puede vivir sin escribir para que haya que prohibirse la escritura). De cualquier modo, esta inmersión que pido a usted, no habrá sido vana. Su vida le deberá a ella sus caminos. Que esos caminos le sean buenos, felices y extensos, se lo deseo más de lo que sabría expresar.

Rainer Maria Rilke,
De Cartas a un joven poeta, 1929.

Usted afirma que sus prójimos le son lejanos...

Usted afirma que sus prójimos le son lejanos, que se hace un espacio alrededor de usted. Si todo aquello que está próximo le parece lejano, es que este espacio toca las estrellas, que todavía es muy amplio. Alégrese de su camino hacia delante; nadie puede seguirle. Sea bueno con los que van quedando atrás, seguro de usted y tranquilo ante ellos. No los atormente con sus dudas. No los intimide con su fe, con su entusiasmo: ellos no podrían comprenderle. Trate de comunicarse con ellos en la sencillez y en la fidelidad; esta comunión no debe sufrir necesariamente las mismas transformaciones que usted. Ame en ellos la vida bajo una forma extraña. Tenga indulgencia con aquellos a quienes la edad hace temer esa soledad a la que usted se abandona. Evite alimentar el drama, siempre a punto, entre padres e hijos; gasta demasiado la fuerza de los hijos y agota ese amor de los viejos que no tiene necesidad de comprender para actuar y recuperar su calor. No les pida consejo. Renuncie a ser comprendido por ellos. Crea solamente en un amor, que le es guardado como una rica herencia. Esté seguro de que hay en ese amor una fuerza, una bendición, que puede acompañarle tan lejos como usted vaya.

Rainer Maria Rilke,
De Cartas a un joven poeta, 1929.

sábado, 2 de septiembre de 2006

Madrigal triste

¿Qué me importa que seas buena?
Sé hermosa y sé triste; el llanto
añade belleza al rostro
como el río a los paisajes.
La flor se lava en las tormentas.

Te amo más si alegría
huye de tu frente agobiada;
si el horror tu pecho anega;
si oscurece tu presente
la horrible nube del pasado.

Cuando vierten tus pupilas
agua ardiente como sangre;
cuando aunque mi mano te mezca,
tu angustia, agobiante, punza
cual estertor de un moribundo.

Aspiro, divino deleite,
himno delicioso, profundo,
los sollozos de tu pecho,
y creo que te iluminan
las perlas que vierten tus ojos.

Charles Baudelaire,
De Las flores del mal.

Una mujer en la tierra

Tiene color y aroma el recuerdo. Es azul, como los cielos de mayo al mediodía, y huele a cosas de la vida: huele a casa, a besos, a vestidos, a todo lo vulgar y todo lo extraordinario. De pronto, en ciertas zonas del aire –de un aire que nunca se ha movido en el corazón y queda ahí por los siglos- se mete por los sentidos y reconstruye todo: cuando se podía ver el rostro amado, cuando se podían tocar sus manos. Es una llama apagada, apagada como si se hubieran cerrado los ojos, como si alguien hubiese tapiado con cemento y con desesperanza todas las salidas. Es el pasado: lo que ha pasado, lo que nunca podrá ocurrir de nuevo. Por más esfuerzos, por más voluntad, eso ha dejado de ser. Se puede escarbar la tierra con uñas y dientes buscando el peor de los abismos; se pueden abrir surcos en nuestra carne viva buscando la sangre que fue, y es tan incompleto todo, está tan vacío, sólo con uno dentro y nadie más, que el recuerdo mismo pierde su seguridad y se duda de toda la existencia.
Estas manos, esta piel, esta voz, ¿serán las mismas que han convivido con el amor, con aquel amor que embriagó por tanto tiempo su vida? Ella no podía responder nada.

(…) Tiene color y aroma la existencia feliz, el amor. Un color de cielo en primavera; un aroma a cosas diarias, hermosamente triviales y lejanas. Cuando hablaban, sus palabras eran lentas, cálidas, y después se cansaban tanto y tan bien, que quedaban uno en otro, sin voluntad, anegados de bien, de inexistencia. (...) El hombre era un árbol con sus altas ramas en el aire y sus hondas raíces en la profundidad de la tierra. Los mismos ángeles no eran otra cosa que hombres con alas. Hombres que volaban y no podían quedar eternamente en el cielo. Caían. Y en lugar de alas tenían dos brazos dolorosos, dos brazos duros, para amar y hundirse en la tierra.

José Revueltas,
De Dios en la tierra, 1944.

martes, 29 de agosto de 2006

Historia de Lazare

El autor no ignora que suelta entre
la anónima multitud de hombres y
mujeres una bandada de alados se-
res de papel, vampiros secos ávidos
de sangre que se desperdigan al azar
en busca de lectores.


MICHEL TOURNIER
El vuelo del vampiro


Tenía tres días bajo tierra y ya se resignaba al sueño de la muerte cuando lo despabiló una Voz: -Levántate y anda. Lazare no la reconoció, pero inflamado por una confusa alegría quiso obedecerla. Quería vivir, sí, por eso se irguió sobre la piedra donde yacía e intentó en vano escupir. No tenía saliva: fue un amasijo de polilla y telaraña lo que sus labios arrojaron a la oscuridad. Sus rodillas crujían. Le palpitaban como timbales las meninges. Una lágrima viscosa rodó por sus mejillas al tomar conciencia de que era un cadáver, sí, aunque un cadáver feliz, enfermo pero exquisito. Así, su pulsión de vida lo empujó a caminar, renqueando, hasta la puerta de la tumba. Tras empujar la lápida y salir a la intemperie vio a un hombre que negrísimo le sonreía bajo la sombra de una acacia: era él, sin lugar a dudas, el hombre de la Voz negrísima. Lo perdió de vista casi de inmediato, pues dos mujeres se abalanzaron sobre Lazare, lo llamaron hermano, lo condujeron hacia su recámara, limpiaron su cuerpo, lavaron sus cabellos. Lloraban y Lazare se sintió incapaz de corresponder mediante lágrimas tan sincera bienvenida. Tuvo que fingirse dormido para que lo dejaran solo y no descubrieran que su corazón estaba reseco, su sangre coagulada, sus sentimientos polvosos, inánimes. Ni esa noche, ni las dos siguientes, tuvo Lazare valor para sumergirse en la pequeña muerte del sueño. Ni ese día, ni los tres siguientes, pudo su estómago asimilar alimento. Llegó el domingo y sólo entonces las mujeres entraron a su dormitorio para arroparlo y conducirlo al comedor, donde lo aguardaba el hombre que negrísimo seguía sonriéndole. Lazare no supo si darle las gracias o maldecirlo: simplemente obedeció la Voz que lo invitaba: -Anda, Lazare, siéntate y bebe con nosotros-, mientras las mujeres acomodaban ante el forastero su comida: doce huevos cocidos. Luego las hermanas se sirvieron sus alubias y cebollas cocidas. A Lazare sólo le acercaron un píxide de bronce que el forastero se dispuso a llenar con un vino rojo, oloroso a nubes y a espada: -De aquí en adelante, éste será tu alimento –dijo la Voz-: sangre de mi sangre, vino de tu salvación… Anda, Lazare, bebe y descansa de tus padeceres. Confuso y hambriento como se hallaba, Lazare se detuvo largamente con el píxide ante sus labios y con su mirada en el rostro del extranjero, buscando en sus facciones algún indicio que lo hiciera desconfiar, desobedecer. Nada halló, pero sólo entonces sus labios bebieron. En cuanto lo hizo, una espesa ardiente oleada de bienestar recorrió cada célula de su cuerpo, como una fiebre tibia que ablandaba sus nervios, que licuaba su sangre y azuzaba sus neuronas. Sí, ése era El Alimento. El verdadero. La Ambrosía: la Sangre. El filtro del Grial. Satisfecho Lazare sonrió y, felices, sus hermanas se contagiaron de su alegría. Después de la sobremesa y algunas canciones Lazare se abandonó al sueño, conciente de que sanaba, de que sus hermanas lo cuidarían y, sobre todo, seguro de que el amanecer sería hermoso. Así ocurrió. Durante las semanas siguientes Lazare disfrutó un alivio paulatino bajo el efecto dominical de aquel Licor que regeneraba sus tejidos, sus pensamientos, su capacidad de amar, agradecer, sentir y trabajar. Volvió al establo y al cultivo, al templo y al mercado. Lo hacía sin cansancio, pues cuando después de seis días el hambre lo atosigaba sus hermanas llenaban el píxide de bronce con aquel vino carmín y espeso. Y Lazare lo vaciaba con lentos tragos y era extirpado de su corazón, de su alma y de su estómago todo padecer. O casi todo padecer, pues un pequeño dolor, una sospecha, había nacido en Lazare al observar a sus hermanas: el rápido alivio de él coincidía con una vertiginosa languidez de ellas. Se dispuso a vigilarlas y lo que descubrió al sexto día lo hizo estremecerse de horror: el vino oloroso a nubes y a espadas con que lo alimentaban no provenía de ninguna vid, sino de las venas y arterias de sus hermanas, de su sacrificio. Aunque reconocía que gracias a ellas y al hombre de la Voz negrísima podía disfrutar de la invaluable experiencia de vivir, no quería herirlas. Así, sin pensarlo dos veces, esa noche Lazare se escabulló por la ventana para dirigirse al desierto, empujado por una única idea fija: la de dirigirse al desierto, la de nunca volver, la de alejarse lo más posible. Sólo al encontrarse en la montaña, sin más compañía que la del lobo y la serpiente, comenzó a interrogarse sobre su destino. Hasta ese momento el hambre no lo había atosigado y Lazare ignoraba si sería capaz de procurarse semejante alimento. No le bastaría la sangre de cualquier animal. No. Pensando en ello, la noche llegó y bajo la oscuridad protectora se encaminó al pueblo más cercano. Durante esa noche, y las treinta siguientes, Lazare seguiría el rastro de los forajidos y de los ejércitos, para nutrirse con la sangre que derramaban a su paso, sangre que nunca escaseaba, sangre que nadie echaría de menos. Y fue durante la noche treinta y dos cuando, postrado sobre el cadáver de una mujer degollada por los legionarios, la Voz nuevamente le habló: -Sí, Lazare, bebe y aguarda. Lazare se limpió la boca de coágulos y luego repuso: -Sí, beberé aunque no sepa qué debo esperar… El hombre de la Voz negrísima se postró a su lado y se dispuso a aguardar con él una, dos, tres horas, hasta que la mujer degollada abrió los ojos y los miró con ojos anegados de pavor. Lazare no sabía qué pensar, qué hacer, hasta que la Voz se lo indicó: -Anda, Lazare, ve y consuélala, porque de aquí en adelante no vagarás solitario: ella, tu víctima, será tu mujer y tú, su salvador, serás su esposo y maestro… No te apresures a juzgarme: te pediré un favor: si me lo concedes, sabré que me lo agradeces, si te niegas sabré que me maldices por ello… Mi misión aún no concluye: tengo todavía mucho por hacer antes de que los científicos, los banqueros, los militares, los políticos o los sacerdotes de este mundo decidan matarme… Cuando llegue ese momento, me encontrarás en un huerto de olivos, rezando porque mi último cáliz sea lo menos doloroso posible… Entonces, Lazare, te pediré que desgarres mi piel y bebas mi sangre, para que tu mordida me conceda el privilegio de la resurrección… Así está escrito en el Libro Negro, el Libro de los Muertos, y así se cumplirá si entiendes tu destino… Ahora, Lazare, dale la mano a tu mujer e iníciala en su nueva vida… Y enseguida márchense, déjenme solo, necesito cuarenta días de soledad y ayuno antes de reanudar mi trabajo y construir, piedra a piedra, mi gólgota… Conmovidos, urgidos por esa Voz negrísima y sonriente, Lazare y aquella mujer le dieron la espalda y lo obedecieron. No se besaron de inmediato: tenían toda una eternidad para hacerlo, para descubrir instante a instante el mundo. Para desangrar y beber de él, de su océano de cadáveres, cadáveres vivientes, cadáveres exquisitos.

Gonzalo Lizardo,
De El libro de los cadáveres exquisitos (novela, fragmento).