jueves, 7 de septiembre de 2006

II. Borrar la historia personal


Jueves, diciembre 22, 1960

Don Juan estaba sentado en el suelo, junto a la puer­ta de su casa, con la espalda contra la pared. Volteó un cajón de madera para leche y me pidió tomar asiento y ponerme cómodo. Le ofrecí unos cigarrillos. Había llevado un paquete. Dijo que no fumaba, pero aceptó el regalo. Hablamos sobre el frío de las no­ches del desierto y otros temas ordinarios de conver­sación.
Le pregunté si no interfería yo con su rutina nor­mal. Me miró como frunciendo el entrecejo y re­puso que no tenía rutinas, y que yo podía estarme con él toda la tarde si así lo deseaba.
Yo había preparado algunas cartas de genealogía y parentesco que deseaba llenar con ayuda suya. Tam­bién había compilado, a través de la literatura etno­gráfica, una larga serie de rasgos culturales pertene­cientes, se decía, a los indígenas de la zona. Quería revisar con él la lista y marcar todos los elementos que le fuesen familiares.
Empecé con las cartas de parentesco.
-¿Cómo llamaba usted a su padre? -pregunté.
-Lo llamaba papá -dijo él con rostro muy serio.
Me sentí algo molesto, pero procedí sobre la supo­sición de que no había comprendido.
Le mostré la carta y expliqué: un espacio era para el padre y otro para la madre. Di como ejemplo las distintas palabras usadas para padre y madre en in­glés y en español.
Pensé que tal vez habría debido empezar por la madre.
-¿Cómo llamaba usted a su madre? -pregunté.
-La llamaba mamá -repuso con tono ingenuo.
-Quiero decir, ¿qué otras palabras usaba usted para llamar a su padre y a su madre? ¿Cómo los lla­maba usted? -dije, tratando de ser paciente y cortés.
Se rascó la cabeza y me miró con una expresión estúpida.
-¡Caray! -dijo-. Me la pusiste difícil. Déjame pensar.
Tras un momento de titubeo, pareció recordar algo, y yo me dispuse a escribir.
-Bueno -dijo, como inmerso en serios pensa­mientos-, ¿de qué otra forma los llamaba? ¡oye, oye, papá! ¡Oye, oye, mamá!
Reí contra mi voluntad. Su expresión era verdade­ramente cómica y en ese momento no supe si era un viejo absurdo que me jugaba bromas, o si en verdad era un simplón. Usando cuanta paciencia había en mi, le expliqué que éstas eran preguntas muy serias, y que para mi trabajo tenía gran importancia llenar los formularios. Traté de hacerle comprender la idea de una genealogía e historia personal.
-¿Cuáles eran los nombres de su padre y su ma­dre? -pregunté.
Él me miró con ojos claros y amables.
-No pierdas tu tiempo con esa mierda -dijo sua­vemente, pero con fuerza insospechada.
No supe qué decir; parecía que alguien más hu­biese pronunciado esas palabras. Un momento antes, don Juan había sido un indio estúpido y destanteado rascándose la cabeza, y de buenas a primeras había cambiado los papeles. Yo era el estúpido, y él me contemplaba con una mirada indescriptible que no era de arrogancia, ni de desafío, ni de odio, ni de desprecio. Sus ojos eran claros y bondadosos y pe­netrantes.
-No tengo ninguna historia personal -dijo tras una larga pausa-. Un día descubrí que la historia personal ya no me era necesaria y la dejé, igual que la bebida.
Yo no acababa de entender el sentido de sus pala­bras. Le recordé que él mismo me había asegurado que estaba bien hacerle preguntas. Reiteró que eso no lo molestaba en absoluto.
-Ya no tengo historia personal -dijo, y me miró con agudeza-. La dejé un día, cuando sentí que ya no era necesaria.
Me le quedé viendo, tratando de detectar los sig­nificados ocultos de sus palabras.
-¿Cómo puede uno dejar su historia personal? -pregunté en tono de discusión.
-Primero hay que tener el deseo de dejarla -di­jo-. Y luego tiene uno que cortársela armoniosa­mente, poco a poco.
-¿Por qué iba uno a tener tal deseo? -exclamé.
Yo tenía un apego terriblemente fuerte a mi his­toria personal. Mis raíces familiares eran hondas. Sentía, con toda honradez, que sin ellas mi vida no tendría continuidad ni propósito.
-Quizá debería usted decirme a qué se refiere con lo de dejar la historia personal -dije.
-A acabar con ella, a eso me refiero -respondió cortante.
Insistí en que sin duda yo no entendía el plan­teamiento.
-Usted, por ejemplo -dije-. Usted es un yaqui. No puede cambiar eso.
-¿Lo soy? -preguntó sonriendo-. ¿Cómo lo sabes?
-¡Cierto! -dije-. No puedo saberlo con certeza, en este punto, pero usted lo sabe y eso es lo que cuenta. Eso es lo que hace que sea historia personal.
Sentí haber remachado un clavo bien puesto.
-El hecho de que yo sepa si soy yaqui o no, no hace que eso sea historia personal -replicó él-. Sólo se vuelve historia personal cuando alguien más lo sabe. Y te aseguro que nadie lo sabrá nunca de cierto.
Yo había anotado torpemente sus palabras. Dejé de escribir y lo miré. No podía hallarle el modo. Repasé mentalmente las impresiones que de él tenía: la for­ma misteriosa e insólita en que me miró durante nuestro primer encuentro, el encanto con que había afirmado recibir corroboraciones de todo cuanto lo rodeaba, su molesto humorismo y su viveza, su ex­presión de auténtica estupidez cuando le pregunté por su padre y su madre, y luego la insospechada fuerza de sus aseveraciones, que me había partido en dos.
-No sabes quién soy, ¿verdad? -dijo como si le­yera mis pensamientos-. jamás sabrás quién soy ni qué soy, porque no tengo historia personal.
Me preguntó si tenía padre. Le dije que sí. Afirmó que mi padre era un ejemplo de lo que él tenía en mente. Me instó a recordar lo que mi padre pensaba de mí.
-Tu padre conoce todo lo tuyo -dijo-. Así pues, te tiene resuelto por completo. Sabe quién eres y qué haces, y no hay poder sobre la tierra que lo haga cambiar de parecer acerca de ti.
Don Juan dijo que todos cuantos me conocían te­nían una idea sobre mí, y que yo alimentaba esa idea con todo cuanto hacía.
-¿No ves? -preguntó con dramatismo-. Debes renovar tu historia personal contando a tus padres, o a tus parientes y tus amigos todo cuanto haces. En cambio, si no tienes historia personal, no se necesi­tan explicaciones; nadie se enoja ni se desilusiona con tus actos. Y sobre todo, nadie te amarra con sus pensamientos.
De pronto, la idea se aclaró en mi mente. Yo casi la había sabido, pero nunca la examiné. El carecer de historia personal era en verdad un concepto atra­yente, al menos en el nivel intelectual; sin embargo, me daba un sentimiento de soledad ominoso y des­agradable. Quise discutir con él mis sentimientos, pero me frené; algo había de tremenda incongruen­cia en la situación inmediata. Me sentí ridículo por intentar meterme en una discusión filosófica con un indio viejo que obviamente no tenía el "refinamien­to" de un estudiante universitario. De algún modo, don Juan me había apartado de mi intención origi­nal de interrogarlo sobre su genealogía.
-No sé cómo terminamos hablando de esto cuando yo nada más quería unos nombres para mis cartas -dije, tratando de reencauzar la conversación hacia el tema que yo deseaba.
-Es muy sencillo -dijo él-. Terminamos ha­blando de ello porque yo dije que hacer preguntas sobre el pasado de uno es un montón de mierda.
Su tono era firme. Sentí que no había forma de moverlo, así que cambié mis tácticas.
-Esta idea de no tener historia personal ¿es algo que hacen los yaquis? -pregunté.
-Es algo que hago yo.
-¿Dónde lo aprendió usted?
-Lo aprendí en el curso de mi vida.
-¿Se lo enseñó su padre?
-No. Digamos que lo aprendí solo, y ahora voy a darte el secreto, para que no te vayas hoy con las manos vacías.
Bajó la voz hasta un susurro dramático. Reí de su histrionismo. Había que admitir su excelencia en ese renglón. Por mi mente cruzó la idea de que me hallaba ante un actor nato.
-Escríbelo -dijo con arrogante condescenden­cia-. ¿Por qué no? Parece que así estás más a gusto.
Lo miré, y mis ojos deben haber delatado mi con­fusión. Él se dio palmadas en los muslos y rió con gran deleite.
-Vale más borrar toda historia personal -dijo despacio, como dando tiempo a mi torpeza de anotar sus palabras- porque eso nos libera de la carga de los pensamientos ajenos.
No pude creer que en verdad estuviera diciendo eso. Tuve un momento de gran confusión. Él, sin duda, leyó en mi rostro mi agitación interna, y la utilizó de inmediato.
-Aquí estás tú, por ejemplo -prosiguió-. En estos momentos no sabes si vas o vienes. Y eso es por­que yo he borrado mi historia personal. Poco a poco, he creado una niebla alrededor de mí y de mi vida. Y ahora, nadie sabe de cierto quién soy ni qué hago.
-Pero usted mismo sabe quién es, ¿no? -inter­calé.
-Por supuesto que... no -exclamó y rodó por el suelo, riendo de mi expresión sorprendida.
Había hecho una pausa lo bastante larga para ha­cerme creer que iba a decir que sí sabía, como yo anticipaba. El subterfugio me resultó muy amena­zante. En verdad me dio miedo.
-Ése es el secretito que voy a darte hoy -dijo en voz baja-. Nadie conoce mi historia personal. Nadie sabe quién soy ni qué hago. Ni siquiera yo.
Achicó los ojos. No miraba en mi dirección sino más allá, por encima de mi hombro derecho. Estaba sentado con las piernas cruzadas, tenía la espalda derecha y sin embargo parecía de lo más relajado. En aquel instante era la imagen misma de la fiereza. Lo imaginé fantasiosamente como un jefe indio, un "guerrero de piel roja" en las románticas sagas fron­terizas de mi niñez. Mi romanticismo me arrastró, y un sentimiento de ambivalencia sumamente insidio­so tejió su red en torno mío. Podía decir sincera­mente que don Juan me simpatizaba mucho, y añadir, en el mismo aliento, que le tenía un miedo mortal.
Sostuvo esa extraña mirada durante un momento largo.
-¿Cómo puedo saber quién soy, cuando soy todo esto? -dijo, barriendo el entorno con un gesto de su cabeza.
Luego posó en mí los ojos y sonrió.
-Poco a poco tienes que crear una niebla en tu alrededor; debes borrar todo cuanto te rodea hasta que nada pueda darse por hecho, hasta que nada sea ya cierto. Tu problema es que eres demasiado cierto. Tus empresas son demasiado ciertas; tus humores son demasiado ciertos. No tomes las cosas por hechas. Debes empezar a borrarte.
-¿Para qué? -pregunté, belicoso.
Se me aclaró que don Juan me estaba dando reglas de conducta. A lo largo de toda mi vida, yo había llegado al punto de ruptura cuando alguien trataba de decirme qué hacer; la sola idea de que me dijeran qué hacer me ponía de inmediato a la defensiva.
-Dijiste que querías aprender los asuntos de las plantas -dijo él calmadamente-. ¿Quieres recibir algo a cambio de nada? ¿Qué te crees que es esto? Quedamos en que tú me harías preguntas y yo te diría lo que sé. Si no te gusta, no tenemos nada más qué decirnos.
Su terrible franqueza me despertó resentimiento, y a regañadientes concedí que él tenía la razón.
-Entonces mírala por este lado -prosiguió-. Si quieres aprender los asuntos de las plantas, como en realidad no hay nada que decir de ellas, debes, entre otras cosas, borrar tu historia personal.
-¿Cómo? -pregunté.
-Empieza por lo fácil, como no revelar lo que verdaderamente haces. Luego debes dejar a todos los que te conozcan bien. Así construirás una niebla en tu alrededor.
-Pero eso es absurdo -protesté-. ¿Por qué no va a conocerme la gente? ¿Qué hay de malo en ello?
-Lo malo es que, una vez que te conocen, te dan por hecho, y desde ese momento no puedes ya romper el lazo de sus pensamientos. A mí en lo personal me gusta la libertad ilimitada de ser desconocido. Nadie me conoce con certeza constante, como te conocen a ti, por ejemplo.
-Pero eso sería mentir.
-No me importan las mentiras ni las verdades -dijo con severidad-. Las mentiras son mentiras solamente cuando tienes historia personal.
Argumenté qué no me gustaba engañar delibera­damente a la gente ni despistarla. Su respuesta fue que de cualquier manera yo despistaba a todo el mundo.
El viejo había tocado una llaga abierta en mi vida. No me detuve a preguntarle qué quería decir con eso ni cómo sabía que yo engañaba a la gente todo el tiempo. Simplemente reaccioné a su afirmación, defendiéndome a través de explicaciones. Dije tener la dolorosa conciencia de que mi familia y mis ami­gos me consideraban indigno de confianza, cuando en realidad jamás había dicho una mentira en toda mi vida.
-Siempre supiste mentir -dijo él-. Lo único que faltaba era que sabías por qué hacerlo. Ahora lo sabes.
Protesté.
-¿No ve usted que estoy harto de que la gente me considere indigno de confianza? -dije.
-Pero sí eres indigno de confianza -repuso con convicción.
-¡Que no, hombre, me llevan los demonios! -ex­clamé.
Mi actitud, en vez de forzarlo a la seriedad, lo hizo reír histéricamente. Sentí un enorme desprecio hacia el anciano por su engreimiento. Desdichada­mente, estaba en lo cierto con respecto a mí.
Tras un rato me calmé y él siguió hablando.
-Cuando uno no tiene historia personal -expli­có-, nada de lo que dice puede tomarse como una mentira. Tu problema es que tienes que explicarle todo a todos, por obligación, y al mismo tiempo quie­res conservar la frescura, la novedad de lo que haces. Bueno, pues como no puedes sentirte estimulado después de explicar todo lo que has hecho, dices men­tiras para seguir en marcha.
-Me hallaba en verdad perplejo por la gama de nuestra conversación. Escribía lo mejor posible todos los detalles del diálogo, concentrándome en lo que don Juan decía en lugar de detenerme a deliberar en mis prejuicios o en el sentido de sus palabras.
-De ahora en adelante -dijo él-, debes simple­mente enseñarle a la gente lo que quieras enseñarle, pero sin decirle nunca con exactitud cómo lo has hecho.
-¡Yo no puedo guardar secretos! -exclamé-. Lo que usted dice es inútil para mí.
- ¡Pues cambia! -dijo en tono cortante y con un brillo feroz en la mirada.
Parecía un extraño animal salvaje. Y sin embargo era tan coherente en sus ideas, y tan verbal. Mi mo­lestia cedió el paso a un estado de confusión irri­tante.
-Verás -prosiguió-: sólo tenemos una alterna­tiva: o tomamos todo por cierto, o no. Si hacemos lo primero, terminamos muertos de aburrimiento con nosotros mismos y con el mundo. Si hacemos lo se­gundo y borramos la historia personal, creamos una niebla a nuestro alrededor, un estado muy emocio­nante y misterioso en el que nadie sabe por dónde va a saltar la liebre, ni siquiera nosotros mismos.
Repuse que borrar la historia personal sólo acre­centaría nuestra sensación de inseguridad.
-Cuando nada es cierto nos mantenemos alertas, de puntillas todo el tiempo -dijo él-. Es más emo­cionante no saber detrás de cuál matorral se esconde la liebre, que portarnos como si conociéramos todo.
No dijo una palabra más durante un rato muy lar­go; acaso una hora transcurrió en completo silencio. Yo no sabía qué preguntar. Finalmente, se puso de pie y me pidió llevarlo al pueblo cercano.
Yo ignoraba el motivo, pero nuestra conversación me había agotado. Tenía ganas de dormir. Él me pi­dió parar en el camino y me dijo que, si deseaba descansar, debía trepar a la cima plana de una loma al lado de la carretera y acostarme bocabajo con la cabeza hacia el este.
Parecía tener un sentimiento de urgencia. Yo no quise discutir, o acaso me encontraba demasiado can­sado hasta para hablar. Subí al cerro e hice lo que él me había indicado.
Dormí sólo dos o tres minutos, pero fueron sufi­cientes para que mi energía se renovara.
Llegamos al centro del pueblo, donde quiso que lo dejase.
-Vuelve -dijo al bajar del coche-. Acuérdate de volver.


Carlos Castaneda,
De Viaje a Ixtlán, 1972.

miércoles, 6 de septiembre de 2006

Estados de ánimo


2

Salgo a la calle. Camino. Viene hacia mí una mujer.
-He perdido un dornajo siciliano –dice.
Alzo los hombros.
-Yo he perdido cuatro noches –digo.
La mujer es ahora la que alza los hombros. Se va. Aprisa. Levanto una piedra del suelo. La arrojo contra la primera ventana que encuentro. Del edificio sale alarmado un hombre.
-He sido yo –digo.
Se acerca.
-No veo la razón –indica.
El hombre huele a cerveza.
-Se lo explico con una copa en la mano –digo.
Nos introducimos a su habitación. Hay otros tres tipos más adentro. Juegan a las cartas. La casa huele a humedad, a pizza, a abandono. El humo de los cigarros es denso. Hay un desorden absoluto. Platos tirados, veintenas de macetas con flores marchitas, polvo visible.
-Es la persona que rompió el vidrio de la ventana –dice el hombre de la cerveza.
Los tres tipos voltean a verme.
-Mucho gusto –dice el de mayor edad.
Los otros continúan jugando. Me dan una cerveza. Me siento en el sofá. Miro de soslayo un par de piernas recostadas en una cama en la habitación conjunta. Los tipos están divertidísimos jugando. Miro el par de piernas. Pregunto dónde está el baño. Me señalan con el dedo un cuarto. Me pongo de pie. Y la veo de cuerpo entero. La mujer está durmiendo desnuda. Se ve bella. La miro largo rato.
Ya no entro al baño. Me dirijo a los hombres.
-¿Cuánto es por el vidrio roto?
Hacen ademanes gentiles que significan que ese asunto ya está olvidado, que no me preocupe, que me sienta en confianza.
-Si eso le hace bien, puede usted romper cuanto vidrio encuentre en la casa –dice el más joven.
Lo reflexiono un momento.
Y con mi cerveza voy rompiendo ventanas, loza, la pantalla de la televisión, una mesita de centro. Los hombres ríen. La mujer, a la que miro de soslayo, sigue durmiendo.
-Gracias –digo, al retirarme.
Los hombres están concentrados en su juego.
-De nada, pues, fue un placer –dice, por fin, el que me invitara a subir.
Ya afuera, atino a romper un cristal más de su ventana.

Víctor Roura,
De La ira de Dios es mayor, 1996.

martes, 5 de septiembre de 2006

18 aforismos 18


Amar: odiar toda cautela.

*

Si no hay nada que nos ayude a vivir
difícilmente encontraremos el menor pretexto
que nos ayude a pegarnos un tiro.

*

O la estupidez arde y duele como dolería un brazo
arrancado de cuajo o nunca podríamos sanar de ella.

*

Quisiéramos estar siempre como nunca.

*

La única diferencia apreciable entre filosofía y literatura
es que la primera finge que sabe,
mientras que la segunda sabe que finge.

*

Nunca sabremos por qué estamos deprimidos
-pues de saberlo más bien nos ganaría la risa.

*

La mayor utilidad de la historia es
la de mantener bien afilada la escala que sirve
para medir nuestra actual putrefacción.

*

Las rutinas son útiles porque nos demuestran
que nada predecible vale la pena.

*

No escribimos ni por asombro ni por deseo
ni por angustia, sino porque todo ello nos resulta
de algún modo insuficiente.

*

El infierno es éticamente superior al cielo: llegamos
a él porque queremos, no porque lo merezcamos.

*

La madurez se define por un incontrolado
aumento de la capacidad de indecisión.

*

Hay suficiente religión en no creer.

*

La memoria: imaginación enjaulada.

*

¿El arte de la conversación? Un sustituto
tardío del despiojamiento colectivo.

*

Si pensar es equivocarse, leer es dos veces equivocarse.

*

Perder el sentido del humor es peor
que perder el sentido en general.

*

La embriaguez –tan sólo una lucidez inexperta.

*

Los aforismos son extraños porque constituyen, en bloque,
el argumento más contundente que pueda esgrimirse
contra la necesidad de argumentar.


Sergio Espinosa Proa,
De Decápites, 1995.

lunes, 4 de septiembre de 2006

Sobre el teatro terapéutico


Si alguien deseaba expresar los residuos psíquicos, serpientes de sombra, que lo roían por dentro, le comunicaba la siguiente teoría: “El teatro es una fuerza mágica, una experiencia personal e intransmisible. Pertenece a todo el mundo. Basta con que te decidas a actuar en otra forma que la cotidiana para que esa fuerza transforme tu vida. Ya es hora de que rompas con los reflejos condicionados, los círculos hipnóticos, las autoconcepciones erróneas. La literatura le concede un gran lugar al tema del “doble”, alguien idéntico a ti que poco a poco te expulsa de tu propia vida, se apropia de tu territorio, de tus amistades, de tu familia, de tu trabajo, hasta transformarte en un paria e incluso tratar de asesinarte… Te debo decir que en realidad eres el “doble” y no el original. La identidad que crees la tuya, tu ego, no es más que una copia pálida, una aproximación de tu ser esencial. Te identificas con ese doble tan irrisorio como ilusorio y de pronto aparece el auténtico. El amo del lugar vuelve a tomar el sitio que le corresponde. En ese momento tu Yo limitado se siente perseguido, en peligro de muerte, lo que es cierto. Porque el ser auténtico terminará por disolver al doble. Nada te pertenece. Tu única posibilidad de ser es que aparezca el otro, tu naturaleza profunda, y te elimine. Se trata de un sacrificio sagrado en el cual deberás entregarte por entero al amo, sin angustia… Puesto que vives preso en tus ideas locas, sentimientos confusos, deseos artificiales, necesidades inútiles, ¿por qué no adoptas puntos de vista totalmente distintos? Por ejemplo, mañana serás un inmortal. Como un inmortal te levantarás y te cepillarás los dientes, como inmortal te vestirás y pensarás, como un inmortal recorrerás la ciudad… Durante una semana, veinticuatro horas al día, y para ningún cómplice espectador salvo tú mismo, serás el hombre que nunca morirá, actuando cual otra persona con tus amigos y conocidos, sin darles ninguna explicación. Lograrás ser un autor-actor-espectador, presentándote no en un teatro sino en la vida”.

Aunque dedicara la mayor parte de mi tiempo al cine, creando filmes como Fando y Lis, El Topo, La montaña sagrada o Santa sangre, actividad que me otorgó experiencias que necesitarían un libro entero para narrarlas, seguí desarrollando el arte del teatro-consejo. Establecía una serie de actos para realizar en un tiempo dado: cinco horas, doce horas, veinticuatro… Un programa elaborado en función del problema que acarreaba el consultante, destinado a romper el personaje con el que se había identificado para ayudarlo a restablecer los lazos con su naturaleza profunda. “Aquel que se deprime o alucina o fracasa, no eres tú.” A un ateo le hice adoptar durante una semana la personalidad de un santo. A una mujer, que sufría por odiar a sus hijos, le asigné el deber por contrato escrito y firmado con una gota de su sangre, de imitar durante cien años el amor materno. A un juez, preocupado del poder que tenía de castigar en nombre de una ley y una moral que le ofrecían dudas, le di la tarea de disfrazarse de vagabundo para ir a mendigar frente a la terraza de un restaurante, y de sus bolsillos debía extraer puñados de ojos de muñeca. A un hombre enfermizamente celoso, de dudosa virilidad, le hice llegar a una reunión familiar vestido de señora.

De este modo creaba sobre el personaje una persona destinada a visitar la vida cotidiana y mejorarla. En esa etapa mi búsqueda teatral fue adquiriendo una dimensión terapéutica. De autor y director, me transformé en consejero, dando instrucciones a las personas para que se liberaran del personaje y se comportaran como seres auténticos en la comedia de la existencia. La vía que les ofrecía era la de la imitación. El joven inexperto, que creyendo imitar a un santo civil se había aprovechado sexualmente de una pobre muchacha, ya estaba superado. Ahora el proceso se fundaba en un deseo real de cambiar. Si un buen católico practicaba la imitación de Cristo, ¿por qué un ateo harto de su incredulidad no comenzaría a imitar a un sacerdote? ¿Acaso un débil, sintiéndose impotente, con los testículos pintados de rojo, no podía imitar la fuerza viril? ¿Acaso una mujer, a quien la familia educó como un hombrecillo, para vencer su esterilidad no podía meterse una almohadilla bajo el vestido imitando que estaba encinta? Yo mismo, imitando aquello que más me faltaba, la fe, me di cuanta de lo lejos que estaba de creer en Dios, en el ser humano, en lo que fuera. Dudé del arte. ¿Para qué sirve? Si es para entretener a gente que teme despertarse, no me interesa. Si es un medio de triunfar económicamente, no me interesa. Si es una actividad adoptada por mi ego para ensalzarse, no me interesa. Si debo ser el bufón de aquellos que tienen el poder, que envenenan al planeta y que hambrean a millones, no me interesa. ¿Cuál es entonces la finalidad del arte? Después de una crisis tan profunda que me hizo pensar en el suicidio, llegué a la conclusión de que la finalidad del arte era sanar. “Si el arte no sana, no es arte”, me dije y decidí unir en mis actividades el arte y la terapia. No quiero que se me entienda mal. La terapia que yo conocía era realizada por espíritus científicos, que se enfrentaban al caótico inconsciente y trataban de darle un orden; extraían de los sueños un mensaje racional… Yo no llegaba de la ciencia a la terapia, sino del arte. Mi meta, por el contrario, era enseñarle a la razón a hablar el lenguaje de los sueños. No me interesaba el arte que se hacía terapia sino la terapia convertida en arte.

Alejandro Jodorowsky,
De La danza de la realidad, 2001.

domingo, 3 de septiembre de 2006

Usted pregunta si sus versos son buenos...


Usted pregunta si sus versos son buenos. Usted me lo pregunta. Ya lo ha preguntado a otros. Usted los envía a revistas. Usted los compara con otros poemas y usted se alarma cuando algunas redacciones descartan sus ensayos poéticos. En lo sucesivo (ya que me permite aconsejarlo) le suplico renuncie a todo eso. Su mirada está dirigida hacia afuera; sobre todo, es lo que debe evitar en lo sucesivo.
Nadie le puede dar consejo o ayuda. No hay más que un solo camino. Entre en usted mismo, busque la necesidad que lo obliga a escribir: examine si sus raíces penetran hasta lo más profundo de su corazón. Confiésese a usted mismo: ¿moriría si le estuviese vedado escribir? Sobre todo esto: pregúnteselo en la hora más silenciosa de la noche: “¿verdaderamente me siento apremiado para escribir?”. Hurgue en sí mismo hacia la más profunda respuesta. Si es afirmativa, si puede enfrentar una pregunta tan grave con un fuerte y simple: “Debo”, entonces construya su vida de acuerdo con esta necesidad.
Su vida, hasta en sus momentos más indiferentes, los más vacíos, debe convertirse en signo y testimonio de tal impulso. Entonces acérquese a la naturaleza. Intente decir, como si usted fuera el primer hombre, aquello que usted ve, vive, ama, pierde. No escriba poemas de amor. Evite de inmediato los temas más comunes: son los más difíciles. Ahí donde las tradiciones se han manifestado seguras, numerosas, a veces brillantes, es donde el poeta debe aguardar la madurez de su fuerza. Huya de los grandes temas, escoja los que la cotidianeidad ofrece. Diga sus tristezas y deseos, los pensamientos que lleguen a su cabeza, su fe en una belleza. Diga todo esto con una sinceridad íntima, tranquila y humilde. Use para expresarse las cosas que lo rodeen; las imágenes de sus sueños, los objetos de sus recuerdos. Si su cotidianeidad le parece pobre, no la culpe. Cúlpese a sí mismo de no ser lo suficiente poeta para encontrar sus riquezas. Para el creador nada es pobre, no hay lugares pobres ni indiferentes. Aún si estuviera en una prisión donde los muros acallaran todos los ruidos del mundo, ¿no podría recurrir a su infancia, esa preciosa, esa imperial riqueza, ese tesoro de recuerdos? Envíe allá su espíritu. Intente sacar a flote las impresiones sumergidas en ese vasto pasado. Se fortalecerá su personalidad, su soledad se poblará y se convertirá en una morada en las horas inciertas del día, cerrada a los ruidos del mundo. Y si de ese regreso a usted mismo, de esa inmersión en su propio mundo, vienen a usted los versos, entonces usted no soñará con preguntar si son buenos esos versos. No tratará de interesar a las revistas en esos trabajos, porque usted disfrutará como de una posesión natural, que le será querida como uno de sus modos de vida y expresión.
Una obra de arte es buena cuando nace de la necesidad. Es la naturaleza de su origen quien la juzga. Así, estimado señor, no tengo para usted otro consejo que éste: intérnese en usted, sondee las profundidades donde su vida tiene su origen. Es ahí donde encontrará la respuesta a la pregunta: ¿debe usted crear? De esta respuesta recoja el sonido sin forzar el significado. Puede ser que el Arte os llame. Entonces, escoja tal destino, llévelo con su peso y grandeza sin exigir jamás recompensa alguna del exterior. Porque el creador debe ser todo un universo para sí mismo, hallar todo en sí y en el fragmento de la Naturaleza a la que él está unido.
Podría ser que después de este descenso hacia sí mismo, en su soledad individual, debiese renunciar a convertirse en poeta (bastaría, considero, sentir que se puede vivir sin escribir para que haya que prohibirse la escritura). De cualquier modo, esta inmersión que pido a usted, no habrá sido vana. Su vida le deberá a ella sus caminos. Que esos caminos le sean buenos, felices y extensos, se lo deseo más de lo que sabría expresar.

Rainer Maria Rilke,
De Cartas a un joven poeta, 1929.

Usted afirma que sus prójimos le son lejanos...

Usted afirma que sus prójimos le son lejanos, que se hace un espacio alrededor de usted. Si todo aquello que está próximo le parece lejano, es que este espacio toca las estrellas, que todavía es muy amplio. Alégrese de su camino hacia delante; nadie puede seguirle. Sea bueno con los que van quedando atrás, seguro de usted y tranquilo ante ellos. No los atormente con sus dudas. No los intimide con su fe, con su entusiasmo: ellos no podrían comprenderle. Trate de comunicarse con ellos en la sencillez y en la fidelidad; esta comunión no debe sufrir necesariamente las mismas transformaciones que usted. Ame en ellos la vida bajo una forma extraña. Tenga indulgencia con aquellos a quienes la edad hace temer esa soledad a la que usted se abandona. Evite alimentar el drama, siempre a punto, entre padres e hijos; gasta demasiado la fuerza de los hijos y agota ese amor de los viejos que no tiene necesidad de comprender para actuar y recuperar su calor. No les pida consejo. Renuncie a ser comprendido por ellos. Crea solamente en un amor, que le es guardado como una rica herencia. Esté seguro de que hay en ese amor una fuerza, una bendición, que puede acompañarle tan lejos como usted vaya.

Rainer Maria Rilke,
De Cartas a un joven poeta, 1929.

sábado, 2 de septiembre de 2006

Madrigal triste

¿Qué me importa que seas buena?
Sé hermosa y sé triste; el llanto
añade belleza al rostro
como el río a los paisajes.
La flor se lava en las tormentas.

Te amo más si alegría
huye de tu frente agobiada;
si el horror tu pecho anega;
si oscurece tu presente
la horrible nube del pasado.

Cuando vierten tus pupilas
agua ardiente como sangre;
cuando aunque mi mano te mezca,
tu angustia, agobiante, punza
cual estertor de un moribundo.

Aspiro, divino deleite,
himno delicioso, profundo,
los sollozos de tu pecho,
y creo que te iluminan
las perlas que vierten tus ojos.

Charles Baudelaire,
De Las flores del mal.

Una mujer en la tierra

Tiene color y aroma el recuerdo. Es azul, como los cielos de mayo al mediodía, y huele a cosas de la vida: huele a casa, a besos, a vestidos, a todo lo vulgar y todo lo extraordinario. De pronto, en ciertas zonas del aire –de un aire que nunca se ha movido en el corazón y queda ahí por los siglos- se mete por los sentidos y reconstruye todo: cuando se podía ver el rostro amado, cuando se podían tocar sus manos. Es una llama apagada, apagada como si se hubieran cerrado los ojos, como si alguien hubiese tapiado con cemento y con desesperanza todas las salidas. Es el pasado: lo que ha pasado, lo que nunca podrá ocurrir de nuevo. Por más esfuerzos, por más voluntad, eso ha dejado de ser. Se puede escarbar la tierra con uñas y dientes buscando el peor de los abismos; se pueden abrir surcos en nuestra carne viva buscando la sangre que fue, y es tan incompleto todo, está tan vacío, sólo con uno dentro y nadie más, que el recuerdo mismo pierde su seguridad y se duda de toda la existencia.
Estas manos, esta piel, esta voz, ¿serán las mismas que han convivido con el amor, con aquel amor que embriagó por tanto tiempo su vida? Ella no podía responder nada.

(…) Tiene color y aroma la existencia feliz, el amor. Un color de cielo en primavera; un aroma a cosas diarias, hermosamente triviales y lejanas. Cuando hablaban, sus palabras eran lentas, cálidas, y después se cansaban tanto y tan bien, que quedaban uno en otro, sin voluntad, anegados de bien, de inexistencia. (...) El hombre era un árbol con sus altas ramas en el aire y sus hondas raíces en la profundidad de la tierra. Los mismos ángeles no eran otra cosa que hombres con alas. Hombres que volaban y no podían quedar eternamente en el cielo. Caían. Y en lugar de alas tenían dos brazos dolorosos, dos brazos duros, para amar y hundirse en la tierra.

José Revueltas,
De Dios en la tierra, 1944.