lunes, 26 de noviembre de 2007

Por escrito gallina una


Julio Cortázar es uno de los escritores que están más cerca de mí. Las primeras veces que leí sus cuentos me desconcertaba que los finales eran como un dibujo que a mí me tocaba terminar. Incluso llegué a "molestarme" con el autor que me hacía leer varias páginas y a fin de cuentas no me resolvía el misterio... Tiempo después leí que en una entrevista, Cortázar comentaba su rechazo hacia el "lector hembra" en el sentido del lector pasivo que esperaba que el escritor hiciera todo por él, olvidando que un libro no es un programa de televisión: un texto demanda (o debería demandar) de quien lo lee su atención y su voluntad de ser por un momento cómplice de otro ser humano en la creación de algo único.

Cortázar jugaba con las palabras, es la forma más precisa que encuentro para describir lo que hacía, no es una casualidad que el mundo de los niños se encuentre presente constantemente en sus cuentos y que su novela más emblemática se titule Rayuela. Amar la literatura no necesariamente implica solemnidad, y un ejemplo se encuentra en este texto que se desprende del primer tomo de La vuelta al día en ochenta mundos: un minicuento escrito ni más ni menos que por una raza de gallinas mutantes que se dispone a conquistar el universo.

* * *

Con lo que pasa es nosotras exaltante. Rápidamente del posesionadas mundo estamos hurra. Era un inofensivo aparentemente cohete lanzado Cañaveral americanos Cabo por los desde. Razones se desconocias por órbita de la desvió, y probablemente algo al rozar invisible la tierra devolvió a. Cresta nos cayó en la paf, y mutación golpe entramos de. Rápidamente la multiplicar aprendiendo de tabla estamos, dotadas muy literatura para la somos de historia, química menos un poco, desastre ahora hasta deportes, no importa pero: de será gallinas cosmos el, carajo qué.


* * *

De La vuelta al día en ochenta mundos, tomo I.
Julio Cortázar.
1967.




miércoles, 21 de noviembre de 2007

Mozart con gafas de espejo


Mirrorshades es una antología de cuentos
ciberpunks a cargo de Bruce Sterling y publicada por primera vez en 1984.

De este libro ya antes subimos un fragmento, y en esta ocasión les dejo Mozart con gafas de espejo, del propio Sterling y Lewis Shiner: una delirante y divertidísima fantasía sobre los viajes en el tiempo y los mundos paralelos, con apariciones especiales de Thomas Jefferson, Maria Antonieta y Genghis Khan!!

Que se diviertan, amigos!


* * *

Mozart salió a escena. De su guitarra brotaron arpegios en forma de minueto que sonaban sobre las secuencias de motivos corales. Las pilas de amplificadores retumbaron con ráfagas de sintetizadores, sacadas de una cinta de los cuarenta principales de K-Tel. La enfervorizada audiencia arrojó sobre Mozart confeti arrancado del papel artesanal del club.

Luego, Mozart se fumó un porro de hachís turco y le preguntó a Rice sobre su futuro.

-¿El mío, quieres decir? –dijo Rice-. No te lo creerías. Seis mil millones de personas y nadie tiene que trabajar si no quiere. Quinientos canales de televisión en cada casa. Coches, helicópteros y ropas que te sacarían los ojos de las órbitas. Mogollón de sexo fácil. ¿Te gusta la música? Puedes tener tu propio estudio de grabación que te pone a tope en escena, como con tu jodido clavicordio.

-¿De verdad? Daría cualquier cosa por ver eso. No puedo entender por qué regresas.

Rice se encogió de hombros.

-Quizás lo deje dentro de unos quince años. Cuando vuelva, tendré lo mejor de lo mejor. Todo lo que quiera.

-¿Quince años?

-Sí. Tienes que entender cómo funciona el Portal. Ahora mismo es tan alto como tú, del tamaño justo para un cable telefónico y un oleoducto, y quizás para las ocasionales sacas de correo dirigidas a Tiempo Real. Hacerlo tan grande como para trasladar gente o equipo resultaría increíblemente caro. Tan caro que sólo lo hacen en dos ocasiones; al principio y al final del proyecto. Así que, sí, imagino que estamos atrapados aquí.

Rice tosió violentamente y se bebió su copa. Ese hachís del Imperio Otomano había soltado sus ataduras mentales. Ahí estaba, confiando en Mozart, haciendo que el chico quisiera emigrar, y no había ninguna jodida manera de que Rice pudiera conseguirle una carta verde. No con los millones que querían un viaje gratis al futuro, miles de millones si se contaban otros proyectos como el Imperio Romano o el Nuevo Reino de Egipto.

-Pero estoy realmente contento de estar aquí –dijo Rice-. Es como… como barajar las cartas de la historia. Nunca sabes qué saldrá en la siguiente –Rice le pasó el porro a una de las fans de Mozart, Antonia no-sé-qué. Es genial estar vivo. Mírate. Te va estupendamente, ¿no? –se inclinó sobre la mesa, hacia delante, poseído por una súbita sinceridad-. Quiero decir, todo está bien, ¿no? ¿No nos odiarás a todos nosotros por haber jodido este mundo o algo así?

-¿Bromeas? Estás mirando al héroe de Salzsburgo. De hecho, se supone que su señor Parker va a hacer una grabación de mi último número de esta noche. ¡Me conocerán pronto en toda Europa! –alguien le gritó a Mozart en alemán, desde el otro extremo del club. Mozart le miró y le saludó crípticamente-. Enróllate, tío –se volvió a Rice-. Ya ves que me va bien.

-Sutherland se preocupa por cosas como esas sinfonías que nunca vas a escribir.

-¡Tonterías! No quiero escribir sinfonías. ¡Puedo escucharlas cada vez que quiera! ¿Quién es Sutherland? ¿Es tu novia?

-No, a ella le gustan los locales. Danton, Robespierre, gente así. ¿Y tú? ¿Tienes a alguien?

-Nadie en especial. No desde que era niño.

-¿Ah, sí?

-Bueno, cuando era niño vivía en la corte de María Teresa. Acostumbraba jugar con su hija Maria Antonia. Maria Antonieta se llama a sí misma ahora. La chica más bella de su época. Solíamos tocar duetos. Solíamos bromear acerca de nuestra boda, pero se fue a Francia con ese cerdo de Luis.

-Mierda –dijo Rice-. Esto es realmente sorprendente, ¿sabes?, ella es prácticamente una leyenda en el lugar de donde vengo. Le cortaron la cabeza durante la Revolución Francesa por organizar demasiadas fiestas.

-No, no lo hicieron…

-Eso fue en nuestra Revolución Francesa –dijo Rice-. La vuestra fue una bronca mucho menor.

-Debes ir a verla, si es que te interesa. Ciertamente, te debe un favor por haberle salvado la vida.

Antes de que Rice pudiera contestar, Parker llegó hasta su mesa, rodeado de ex damas casaderas, con minifaldas de spándex y sujetadores con las copas de lentejuelas.

-¡Hola, Rice! –gritó Parker, despreocupadamente anacrónico con su camiseta y sus vaqueros de cuero negro-. ¿De dónde has sacado ese par de palos de escoba sin caderas? ¡Ven, vámonos de juerga!

Rice miró a las chicas que se sentaban alrededor de la mesa y descorchaban botellas de champán de una caja. A pesar de lo pequeño, gordo y repulsivo que era Parker, ellas se acuchillarían sin pestañear por la oportunidad de dormir entre sus limpias sábanas para asaltar luego el botiquín de su baño.

-No, gracias –dijo Rice, sorteando los largos cables conectados al equipo de grabación de Parker.

La imagen de Maria Antonieta le había atrapado, y ya no se libraría de ella.

jueves, 8 de noviembre de 2007

El libro en el ocaso del humanismo

Este es un ameno y poco pretencioso ensayo de Guillermo Fadanelli, en un afán por plantear algunas preguntas en torno al papel de los libros y el oficio del escritor en nuestra actual sociedad:
¿por qué la gente está cada vez menos interesada en leer?


A ver qué les parece este fragmento:

Tenemos casi un siglo asombrándonos frente al espejo. ¿Qué caso tiene dedicarle una página más a la sociedad de masas? Una multitud va a la plaza para protestar por el aumento en los precios de servicios o para exigir la renuncia de un funcionario. Pero la masa en realidad no está en la plaza, es el ojo que mira extasiado a esa curiosa multitud que reclama airada delante de las cámaras de televisión. Después del mitin, los participantes vuelven a sus casas, encienden la televisión, ven sus rostros en el noticiario nocturno, se reconocen, están allí, son protagonistas. Por unos momentos han experimentado la efímera sensación de ser entes históricos que expresan sus convicciones en la plaza pública. Hace unos años, cuando vivía en el centro de la ciudad de México tuve la oportunidad de ser testigo de una escena que aún no he podido olvidar:

Uno de los pisos más altos de una torre de veinte pisos comienza a incendiarse. Las llamas hacen estallar los cristales. Los empleados corren despavoridos escaleras abajo tratando de salvar su vida. No han pasado más de cinco minutos cuando dos helicópteros de las cadenas más importantes de noticias sobrevuelan el edificio. En diez minutos, cientos de periodistas en tierra y aire están produciendo información sobre el accidente. Los últimos en llegar son los bomberos quienes, además, dan muestras de poseer una tecnología precaria, incapaz de competir con el sofisticado equipo de los periodistas. Sus escaleras no son lo suficientemente largas y sus mangueras tienen cientos de pequeños orificios por donde escapa el agua. El gentío, que desde una prudente distancia observa el siniestro, sonríe divertido. Además el buen humor de los espectadores se puede deducir de este episodio que la sociedad invierte más dinero en la comunicación que en su modesto cuerpo de bomberos: el negocio de la exhibición de la realidad no su transformación.

Jean Baudrillard, quien ha escrito varios libros acerca de la sociedad contemporánea, sostiene que no estamos instalados en el drama de la alienación sino en el éxtasis de la comunicación. Una sociedad carente de ilusiones revolucionarias, ansiosa de noticias que ocupen los cuartos vacíos de su memoria. El joven impetuoso y pedante, Simon Tanner, personaje voz de una novela de Robert Walser exclama: “No quiero un futuro, lo que quiero es un presente. Me parece más valioso. Sólo se tiene un futuro cuando no se tiene un presente.” Así parece expresarse la masa, hundida en el éxtasis de las telecomunicaciones: queremos tener noticias sólo de nuestro presente para de esa manera ser futuro sepultando el pasado.

Nuestros vecinos, las personas con quienes tenemos relación en la plaza pública, en el ciberespacio, carecen en general de opiniones razonadas, están saturados de habladurías, son consumidores de slogans, y no es necesario acudir una vez más a Nietzsche o a tantos escritores y filósofos quejumbrosos para probar que los hombres actuales se sienten más cómodos evitando reflexionar o pensar por sí mismos. ¿Pero acaso se quiere un mundo donde todos sean filósofos? En absoluto, nada más pretencioso además de imposible, sólo que quien renuncia a la lectura no se acostumbra a pensar –quiero decir a ser crítico, a establecer diferencias, a reflexionar e intentar comprender la complejidad de lo real– porque no rebasa los límites de ser pura presencia. Deja morir las palabras en la dulce inmovilidad de la superficie.

El hombre contemporáneo prefiere ver, es mirón, desea ser antes que nada espectador, pero su voz interior se empobrece porque no tiene manera de abrirle paso con una gramática: el paso de lo sensible a lo inteligible se pierde para siempre. Una hipótesis distinta es que el hombre lúdico se ha liberado por fin de la gramática, eligiendo la aventura del caos sobre el lógico ejercicio de cualquier ciencia del lenguaje, y renunciando a poner en juego sentimientos intransferibles, imposibles de ser representados. Ojalá esto fuera posible, pero ninguna sociedad contemporánea puede ya elegir ese camino porque el tren corre a una velocidad que no nos permite descender a riesgo de morir en la caída: el tren corre hacia un final predecible y ridículo. El juego, el arte, lo bello, la actividad impráctica como recursos individuales para estar en el mundo suponen riesgos que una sociedad globalizada obsesionada por elevar los niveles de producción no puede permitirse. La hipótesis del triunfo del hombre lúdico hace agua por todos lados.

* * *

En busca de un lugar habitable,
el libro en el ocaso del humanismo.

Fadanelli, Guillermo.
Ed. Almadia, 2006.

* * *

jueves, 1 de noviembre de 2007

Pasto Verde

Esta es la primera novela de Parménides García Saldaña, otro producto del convulso año de 1968. Lo único que les diré es que este texto por siempre adolescente me ha devuelto la capacidad de asombro y las ganas de escribir, sin mayor pretensión que divertirme y documentar mi momento. El resto de la reseña, la dejo a cargo de Marco X, un rocker que generosamente escaneó su libro para que todos lo pudiésemos disfrutar:

"... que lo que publiques en tu blog y mi pequeña colaboración sirva de ofrenda, junto con un buen cigarro y un drink, para que Parménides Garcia Saldaña sea recordado y no muera realmente, reconociendo su formidable vigencia, a estas alturas del nuevo siglo, que se reconozca su capacidad literaria y más allá de condenar sus actitudes, vicios y hasta locuras, se recuerde a un hombre que vivió su tiempo con una actitud comprometida consigo mismo y que nunca claudicó o transformó su pensar a cambio de fama o comodidad, ¡yo me muero como viví!, diría el gran Silvio.

más que la apología de las drogas el alcohol el rock and roll y el sexo, o el uso de un lenguaje violento sucio, ofensivo o clasista, Parménides escribe la realidad de su tiempo: la hipocresía, la falsa moral, la política y las poses de una generación subyugada por sus padres, el estado, la iglesia. También escribe de sus vivencias sin freno, de la libertad vivida hasta las últimas consecuencias, llámese pisar carcel, hospital siquiatrico, baldíos, cantinas de buena muerte y cuartuchos de azotea.

cuando leí el libro, sus páginas se convirtieron en una gran ventana por la cual me veía volando en un cielo azul con mis zapatos alas y vi a muchos amigos y parientes siendo felices en el rol, cotorreando bien acá y disfrutando de la música, fumando y simplemente viviendo! ahi sabor."

* * *

si Cristo no pudo cambiar al mundo menos lo voy a cambiar yo

por eso nena estoy ahora metido de camionero viajando por todo el país para ver si de veras vivimos como en parís

aquí estoy escribiendo esto y no un libro de texto aquí estoy viviendo un día más No de veras que no sé qué voy a hacer mañana No sé qué vas a hacer tú nena te vas a levantar temprano y vas a ir a la escuela y vas a estar todo el día aburrida o vas a ir a la oficina y vas a esperar que las horas pasen y pasen para regresar a tu casa y estar aburrida

pero nena ya no hay que confundir los colores

sé donde está el blanco en este Paraísodelanada y trataré diario de ser como no fui ayer y trataré de no ser como los demás y por eso hoy uso lentes oscuros nada más para distinguirme y por eso uso botas de cuero con barro para no olvidarme del camino andado y por eso escucho discos de los Rolling Stones y los Beatles para no confundirme con la gente fresa y para no confundirme con la gente cuadrada uso la melena abultada y nena recuerda que de tu situación tus papás no tienen la culpa de nada nada más que tú debes de saber quién decide tu vida si la estulticia o la calma si el nuevo bravo mundo o la decadencia yo no soy del pri porque las instituciones me enferman

me enferma no sentirme libre y en la vida nena hay que ser libres libres como el viento libres como los pájaros y las abejas como los árboles y las flores

las instituciones asesinaron a Cristo nena

que predicaba el bien el amor el cielo la vida

y los estoy viendo a ustedes banqueros comerciantes licenciados en derecho militares pelusarios los estoy viendo crucificando a Cristo

¡Los estoy viendo a ustedes bastardos ustedes los dignos representantes de las instituciones!

ustedes los dueños de las joyas y los edificios ustedes los señores directores de las oficinas públicas ustedes césares albañiles del odio dueños de las vidas ajenas

lo bueno es que yo nunca me he creído un perro faldero lo bueno es que yo nunca he seguido modelos yo me he instruido he leído libros extranjeros ajenos a su idiosincrasia o idiotagracia pero no se espanten chaparroburgueses yo sólo sé leer en inglés y todo lo que estoy diciendo lo leí en las obras de Shakespeare y también en la vida del Buscón de Quevedo yo más que mexicano debo de ser un charro francés y desde entonces ando en el camino regalando Howl que es un poema de Allen Ginsberg!

y lo más seguro es que mañana no me importe porque mañana es otro día un día nuevo y no sé si haré otra cosa porque en primera y en segunda y en tercera no sé a qué hora voy a levantarme porque no uso reloj despertador para no atrofiarme los oídos

Recuerden hijos míos que cuando se vive en las tinieblas se le quiere arrojar piedras a cualquiera y hay veces qu a uno mismo pero esto cuando menos es más honesto. But ¿para qué arrojar piedras? ¿Para qué? No tiene caso sería participar en el juego. Y cuando uno juega termina confundido porque la gente que juega no piensa y la que piensa llena la vida de reglas y es muy fácil demostrar esto le da uno una palmada a alguien y de pronto esa gente se queda empty y a mitad del camino desaparece La onda es hacer lo que uno quiera y punto y ya

* * *

sábado, 20 de octubre de 2007

Una vida de microbios

Las fábulas pánicas de Alejandro Jodorowsky se publicaron semanalmente en el Heraldo de México entre 1967 y 1973.

Recientemente se reunieron y editaron en un solo tomo, y ahí fue cuando tuve la oportunidad de leerlas. Los temas son los que han caracterizado la obra de Jodorowsky tanto en cine como en teatro y literatura. Son además un maravilloso producto de su época, a pesar de que el propio autor ha "confesado" que cuando empezó con esta serie, sus conocimientos de dibujo eran tan limitados que se vio obligado a borrar y rehacer sus bocetos en varias ocasiones. El resultado es una estética lisérgica y unas historias que abrevan de mitos sufíes, películas, textos de Gurdieff, tarot y más.

Para muestra, aquí les dejo la fábula del 18 de febrero de 1968:


La fábula lista para imprimirse, aquí.

miércoles, 17 de octubre de 2007

El beso de la mujer araña

Esta novela la leí hace como diez años, y desde entonces la recuerdo, la recomiendo, y de vez en cuando regreso a algunas de sus páginas por el puro gusto de volver a leerlas.

¿De qué trata? De dos hombres que comparten una celda, y conversan. Valentín es un preso político y Molina está acusado de corrupción de menores, para disfrazar su verdadero “crimen”: la homosexualidad. Ellos no podrían ser más diferentes, pero ante el azar de encontrarse juntos y sin mucho qué hacer, Molina se pone a contarle sus películas preferidas a Valentín. La novela empieza de golpe en una de estas detalladas narraciones, pero la verdadera historia se va tejiendo poco a poco, mientras Valentín y Molina empiezan a conocerse e intercambiar anécdotas, su relación crece y madura en medio de las paredes que los aíslan del exterior pero les permiten acercarse más a sí mismos.

Una peculiaridad en las novelas de Manuel Puig (y esta no es la excepción) es que la voz del narrador está totalmente ausente. Las historias son construidas a base de puros diálogos, cartas, canciones y anuncios de revistas, por esto es considerado un artista pop. El autor, nacido en Argentina, decidió venir a vivir a México en 1976, debido a las amenazas que a causa de su obra constantemente recibía, y fue aquí donde concluyó esta novela, que espero que disfruten:

* * *

... La pantera está dormida, pero el olor de Irena la despierta, Irena la mira a través de las rejas. Se acerca despacio a la puerta, pone la llave en la cerradura, abre. Mientras tanto, los otros van llegando, se oyen los autos acercándose con las sirenas para abrirse camino entre el tráfico, aunque a esa hora ya está casi desierto el lugar. Irena descorre la barra y abre la puerta, le deja paso libre a la pantera. Irena está como transportada a otro mundo, tiene una expresión rara, entre trágica y de placer, los ojos húmedos. La pantera se escapa de la jaula de un salto, por un momentito parece suspendida en el aire, delante no tiene otra cosa que Irena. No más con el mismo envión que trae, ya la voltea. Los autos se están acercando. La pantera corre por el parque y cruza la carretera, justo cuando pasa a toda velocidad uno de los autos de la policía. El auto la pisa. Bajan y encuentran a la pantera muerta. El muchacho va hasta las jaulas y encuentra a Irena tirada en el pedregullo, ahí mismo donde la conoció. Irena tiene la cara desfigurada de un zarpazo, está muerta. La muchacha colega llega hasta donde está él y juntos se van abrazados, tratando de olvidarse de ese espectáculo terrible que acaban de ver, y fin.

- …

- ¿Te gustó?

- Sí…

- ¿Mucho o poco?

- Me da lástima que se terminó.

- Pasamos un buen rato, ¿no es cierto?

- Sí, claro.

- Me alegro.

- Yo estoy loco.

- ¿Qué te pasa?

- Me da lástima que se terminó.

- Y bueno, te cuento otra.

- No, no es eso. Te vas a reír de lo que te voy a decir.

- Dale.

- Que me da lástima porque me encariñé con los personajes. Y ahora se terminó, y es como si estuvieran muertos.

- A final, Valentín, vos también tenés tu corazoncito.

- Por algún lado tiene que salir… la debilidad, quiero decir.

- No es debilidad, che.

- Es curioso que uno no puede estar sin encariñarse con algo… Es… como si la mente segregara sentimiento, sin parar…

- ¿Vos creés?

- … lo mismo que el estómago segrega jugo para digerir.

- ¿Te parece?

- Sí, como una canilla mal cerrada. Y esas gotas van cayendo sobre cualquier cosa, no se las puede atajar.

- ¿Por qué?

- Qué se yo… porque están rebasando ya el vaso que las contiene.

- Y vos no querés pensar en tu compañera.

- Pero es como si no pudiese evitarlo… porque me encariño con cualquier cosa que tenga algo de ella.

- Contame un poco cómo es.

- Daría… cualquier cosa por poder abrazarla, aunque fuera un momento sólo.

- Ya llegará el día.

- Es que a veces pienso que no va a llegar.

- Vos no estás a cadena perpetua.

- Es que a ella le puede pasar algo.

- Escribile, decile que no se arriesgue, que vos la necesitás.

- Eso nunca. Si vas a pensar así nunca vas a poder cambiar nada en el mundo.

- ¿Y vos te creés que vas a cambiar el mundo?

- Sí, y no importa que te rías… Da risa decirlo, pero lo que yo tengo que hacer antes que nada… es cambiar el mundo.

- Pero no podés cambiarlo de golpe, y vos solo no vas a poder.

- Es que no estoy solo ¡eso es! … ¿me oís?... ahí está la verdad, ¡eso es lo importante! … En este momento no estoy solo, estoy con ella y con todos los que piensan como ella y yo, ¡eso es!, … y no me lo tengo que olvidar. Es ésa la punta del ovillo que a veces se me escapa. Pero por suerte ya la tengo. Y no la voy a soltar… Yo no estoy lejos de todos mis compañeros, ¡estoy con ellos!, ¡ahora, en este momento!..., no importa que no los pueda ver.

- Si así te podés conformar, fenómeno.

- ¡Mirá que sos idiota!

- Qué palabras…

- No seas irritante entonces… No digas eso, como si fuese yo un iluso que se engaña con cualquier cosa, ¡sabés que no es así! No soy un charlatán que habla de política en el bar, no?, la prueba es que estoy acá, ¡no en un bar!

* * *

El libro completo aquí

Se lee con Adobe Reader

lunes, 8 de octubre de 2007

Pregúntale al polvo

Como casi todos, llegué a John Fante vía Bukowski que siempre lo recomendó con pasión y vehemencia, chequen si no el prólogo con que inicia esta novela. Ambos fueron contemporáneos y Pregúntale al polvo es parte de la serie que presenta a Arturo Bandini, un hijo de inmigrantes italianos que vive en California, y pasa sus años de juventud y vagancia mientras observa el mundo y busca fortuna como escritor.

* * *
6

Subí mi habitación por los polvorientos peldaños de Bunker Hill y pasé ante los edificios forrados de hollín que jalonaban aquella calle en sombras; la arena, el aceite y la grasa asfixiaban las palmeras inútiles que se erguían cual prisioneros moribundos, encadenados a un mínimo pedazo de tierra y con los pies ocultos por el asfalto negro. Polvo y edificios viejos, viejos asomados a las ventanas, viejos que salían tambaleándose por las puertas, viejos que avanzaban con esfuerzo infinito por la calle en sombras. Viejos procedentes de Indiana, de Iowa, de Illinois, procedentes de Boston, de Kansas City, de Des Moines, viejos que habían vendido la casa y la tienda, que habían llegado en tren y en autobús a la tierra del sol, para morir al sol, apenas con el dinero necesario para vivir hasta que el sol los exterminase, los arrancara de raíz cuando les llegara la hora, lejos de la prosperidad pretenciosa de Kansas City, de Chicago y de Peoria para encontrar un lugar en el sol. Pero cuando llegaron se dieron cuenta de que otros ladrones, más listos que ellos, se habían quedado con todo, que hasta el sol era de los demás; Smith, Jones, Parker, farmacéuticos, banqueros, panaderos, polvo de Chicago, Cincinnati y Cleveland en los zapatos, condenados a morir al sol, unos dólares en el banco, suficientes para suscribirse a Los Angeles Times, suficientes para mantener vivo el espejismo de que estaban en el paraíso, de que sus casas de cartón piedra eran castillos. Los desarraigados, los vacíos y melancólicos, los viejos y los jóvenes, gente de mi tierra. Tales eran mis vecinos, tales eran los nuevos californianos. Con sus jerseys deportivos y sus gafas de sol, estaban en el paraíso, estaban en su medio natural.

Pero en la parte baja, en Main Street, Towne y San Pedro y en los dos últimos kilómetros de Fifth Street vivían decenas de miles de ciudadanos distintos; no tenían para comprarse gafas de sol ni jerseys deportivos aunque fueran baratos, y se ocultaban durante el día en las callejas y por la noche se metían en pensiones de mala muerte. Ningún policía de Los Angeles detenía por vagancia a nadie que llevase jersey grueso como los que se llevan en los países fríos. De modo, chicos, que ya pueden comprarse un jersey deportivo, unas gafas oscuras y unos zapatos blancos; si pueden. Intégrense en algún club o sociedad. De todos modos no tienen escapatoria. Al cabo de un tiempo, tras ingerir dosis masivas del Times y el Examiner, también ustedes la querrán correr en el soleado sur. Comerán hamburguesas año tras año y vivirán en pisos y hoteles polvorientos e infestados de bichos, pero todas las mañanas verán el sol maravilloso, el sempiterno azul del cielo, y las calles estarán llenas de mujeres provocativas que no ustedes no poseerán jamás, y las tórridas noches cuasitropicales les hablarán de historias de amor que no vivirán nunca; pero no se preocupen, muchachos, seguirán estando en el paraíso, en la tierra del sol.

En cuanto a los del mismo lugar que ustedes, les pueden mentir, porque no soportan la verdad, no querrán aceptarla y antes o después también ellos querrán mudarse al paraíso. A los del mismo lugar que ustedes no los pueden engañar. Saben lo que es la Baja California. Leen los periódicos, leen las revistas ilustradas que se venden en todos los quioscos y librerías de América. Han visto fotos de las casas que tienen los astros y estrellas de la pantalla. No les pueden contar nada nuevo sobre California.

Tumbado en la cama me puse a pensar en ellos mientras contemplaba el ir y venir de las luces rojas y parpadeantes del St. Paul Hotel, y me sentí muy mal, porque aquella noche me había comportado como ellos. Como Smith, como Parker, como Jones, aunque nunca había pertenecido a su misma clase. ¡Ah, Camila! De niño, allá en Colorado, eran Smith, Parker y Jones los que me ofendían con sus motes despectivos, los que me llamaban macarroni, espaguetini y aceitoso, y sus hijos me insultaban como yo te he insultado esta noche. Me hicieron tanto daño que jamás podría ser como ellos, me obligaron a encerrarme en los libros, a encerrarme en mí mismo, a huir de aquel pueblo de Colorado, y a veces, Camila, cuando les veo la cara vuelvo a experimentar la misma humillación, el mismo desprecio de entonces, y a veces me alegro de que estén aquí, pudriéndose al sol, desarraigados, engañados por su propia inhumanidad, las mismas caras, las mismas bocas rígidas y endurecidas, caras de mi pueblo, deseosas de llenar su vacío existencial con un sol abrasador.

Los veo en el vestíbulo de los hoteles, los veo tomando el sol en los parques, salir renqueando de las iglesias pequeñas y feas, con una cara tan volcada sobre sus dioses extraños que sólo refleja pesimismo, en el Templo de Aimée, la predicadora radiofónica, en la Iglesia de Yo Soy El Que Soy.

Los he visto salir haciendo eses de sus palacios de cine, entornar sus ojos vacíos ante la realidad de todos los días, volver a casa tamaleándose para leer el Times, para saber qué pasa en el mundo. He vomitado al leer su prensa, he leído sus libros, observado sus costumbres, comido su comida, deseado a sus mujeres, abierto la boca ante el arte que producen. Pero soy pobre, mi apellido termina en vocal, me odian a mí y odian a mi padre, y al padre de mi padre, y si por ellos fuera, me sacarían la sangre, me sacrificarían, pero ya son viejos, agonizan al sol y en el polvo tórrido del camino, y yo soy joven y estoy lleno de esperanzas y de amor por mi patria y mi época, y cuando te llamo sudaca y aceitosa, no te lo digo con el corazón, sino por el resabio de una antigua herida, y siento vergüenza por el daño que te he hecho.

* * *
El libro completo aquí

Se lee con Adobe Reader

¡Que lo disfruten!


martes, 25 de septiembre de 2007

Manifiesto de la zorra mutante

Este manifiesto ciberfeminista fue escrito por VNS Matrix, un grupo de mujeres artistas y activistas que nació a principios de los noventa en Australia.


El viento atómico toma tus alas
y eres absorbido retrógradamente en el futuro,
una entidad viajando a través del tiempo por el avanzado siglo XX;
un estuche espacial, un ángel extraterreste,
quizá observando la profunda ruina de un millón de catástrofes;
parpadeo de pantallas de millones,
millones de máquinas concientes;
quema brillante.
Usuarios atrapados en bombardeos estáticos de portadores de fuego,
sin ver la descarga que rasga sus cansadas retinas consumidas.
Suspendida en la beatitud elíptica post-real.
Traga códigos y muere.
Absorta por un torbellino de trivialidad.
Acabas de perderte el siglo XX;
estás al borde del milenio -cuál-, ¿importa?
La disolvencia es lo que está cautivando;
el abrasivo contagio de la fiebre de milenio es futurretro;
catapultando cuerpos con órganos en la tecnotopía...
donde el código decreta el placer y satisface el deseo.
Preciosos applets atavían mi cuello;
soy flujo de binarias, soy ingenio puro;
lee sólo mis memorias, cárgame en tus imaginaciones pornográficas,
escribe sobre mí.
La identidad explota en múltiples morfonemas
e infiltra el sistema de raíz.
Partes innombrables del corto circuito incompleto;
el código de reconocimiento de programas,
pegando agentes de vigilancia en la hipercarretera
que expulsa millones de bits de datos corruptos,
mientras suceden en ataques de pánico esquizofrénico
y viajes de horror.
Así que
¿qué tiene que ofrecer el nuevo milenio a las arcáicas masas sin modem?
¿Agua ubicua? La simulación tiene sus límites.
¿Los artistas de naciones opromidas se encuentran en una agenda analógica?
La red es el niño partogénico del mainframe del gran patriarca.
Está fuera de control. Ella es el sistema emergente sociopático.
Encierra a tus hijos; cubre con cinta adhesiva la boca del coño
y métele una rata por el culo.
Estamos al borde de la lucura y los vándalos están escapando.
Extiende mi fenotipo, nena, dame algo de esa magia popular JAVA
de la que siempre estás jactándote (posiciono mi módem).
Los extropianos estaban equivocados:
hay algunas cosas que no puedes trascender;
el placer está en la desmaterialización, la remisión del deseo.
Somos el accidente maligno que cayó en tu sistema mientras tú dormías y,
cuando despiertes, ejecutaremos tus ilusiones digitales,
alterando tu impecable software.
Tus dedos exploran mi red neuronal;
la sensación de hormigueo en las yemas de tus dedos
es mi sinapsis respondiendo al contacto;
no es química, es eléctrica. ¡Deja de teclearme!
Nunca dejes de teclear mis hendiduras supurantes,
extendiendo mis límites.
Pero en el ciberespacio no hay límites;
en el espacio espiral no existe el "ellos", sólo el "nosotros".
Tratando de evitar la binaria introduzco el cromosoma,
que no es uno
xxyxxyxxyxxyxxyxxyxxyxxyxxyxxyxxyxxyxxyxxy
Ginecógeme, nena, la resistencia es vana;
sedúceme, lígame, mi genoma abandonada como tu proyecto;
envuélveme artificialmente, quiero vivir por siempre;
cárgame en tu futuro PVC; succióname el código.
El sujeto X dice que la trascendencia reposa
en el límite de los mundos
donde, ahora y ahora, aquí y en cualquier otro lugar,
impactan el texto y la membrana,
donde la verdad se evapora,
donde nada es seguro;
ahí no hay mapas.
El límite no es ningún cargador.
El impacto repentino de la ausencia de contacto;
estirándote para tocar, pero la piel está fría.
El límite es el permiso negado, la visión duplicada y la carne necrótica.
Error en la línea de comando...
Párpados pesados se pliegan sobre mis pupilas
como cortinas de plomo.
Besos de hielo caliente;
mi sinápsis con una precipitación estática;
mi sistema es nervioso;
alarido de neuronas moviéndose en espiral hacia la autonomía.
Flotando en éter, mi cuerpo implosiona. Me convierto en luz.
Enciéndeme si te atreves.