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Wolfgang Köhler perdió cinco años en Tetuán tratando de hacer pensar a un chimpancé. Le propuso, como buen alemán, toda una serie de trampas mentales. Lo obligó a encontrar la salida de complicados laberintos; lo hizo alcanzar difíciles golosinas, valiéndose de escaleras, puertas, perchas y bastones. Después de semejante entrenamiento llegó a ser el simio más inteligente del mundo; pero fiel a su especie, distrajo todos los ocios del psicólogo y obtuvo sus raciones sin trasponer el umbral de la conciencia. Le ofrecían la libertad, pero prefirió quedarse en la jaula.
Ya muchos milenios antes (¿cuántos?), los monos decidieron acerca de su destino oponiéndose a la tentación de ser hombres. No cayeron en la empresa racional y siguen todavía en el paraíso: caricaturales, obscenos y libres a su manera. Los vemos ahora en el zoológico, como un espejo depresivo: nos miran con sarcasmo y con pena, porque seguimos observando su conducta animal.
Atados a una dependencia invisible, danzamos al son que nos tocan, como el mono del organillo. Buscamos sin hallar las salidas del laberinto en que caímos, y la razón fracasa en la captura de inalcanzables frutas metafísicas.
La dilatada entrevista de Momo y Wolfgang Köhler ha cancelado para siempre toda esperanza, y acabó en otra despedida melancólica que suena a fracaso.
(El Homo sapiens se fue a la universidad alemana para redactar el célebre tratado sobre la inteligencia de los antropoides, que le dio fama y fortuna, mientras Momo se quedaba para siempre en Tetuán, gozando una pensión vitalicia de frutas al alcance de su mano.)
Juan José Arreola,
De Bestiario, 1972.
-¡Ay! –decía el ratón-. El mundo se vuelve cada día más pequeño. Primero era tan ancho que yo tenía miedo, seguía adelante y me sentía feliz al ver en la lejanía, a derecha e izquierda, algunos muros, pero esos largos muros se precipitan tan velozmente los unos contra los otros, que ya estoy en el último cuarto, y allí, en el rincón, está la trampa hacia la cual voy.
-Sólo tienes que cambiar la dirección de tu marcha –dijo el gato, y se lo comió.
Franz Kafka,
De Bestiario.
La forma salvaje en que Tristessa se para con las piernas abiertas a la mitad del cuarto para explicar algo, como un yonqui en una esquina de Harlem o en cualquier otro lugar, El Cairo, Bang Bombayo y todo el Fellah Ollah Lot desde la punta de Bermuda hasta las alas de un albatros emplumado en la costa del Ártico, sólo el veneno de las Gluglú focas y águilas que los esquimales de Groenlandia producen no es tan malo como la morfina creada por la civilización occidental, ante la que ella (una india) está obligada a someterse y rendirse en su tierra natal.
Ahora el gato está cómodamente arrebujado en la cara de Cruz, que toda la noche duerme acurrucada en la parte inferior de la cama, mientras Tristessa lo hace en la parte superior enganchando sus pies a los de Cruz, parecen hermanas o madre e hija, ambas han convertido la pequeña cama en algo confortable… El pequeño gato rosado es tan seguro de sí mismo (a pesar de las moscas que revolotean alrededor del puente de su nariz y de sus párpados) que siento que todo está bien… que todo está bien en el mundo (al menos por ahora)… El gato quiere estar cerca de la cara de Cruz donde todo está bien… Él (en realidad es una pequeña hembra) no se da cuenta de las vendas, del dolor y de los horrores del alcoholismo de Cruz, sólo sabe que ella es la mujer que todos los días mete sus piernas en la cocina para darle de comer, que juega con él en la cama fingiendo que lo golpea, cargándolo, regañándolo, mientras él sacude su pequeña cara que está dentro de su pequeña cabeza, parpadeando, moviendo hacia atrás sus orejas como si ella lo fuera a golpear, pero lo único que hacen es jugar. Así que ahora se sienta frente a Cruz, y a pesar de que gesticulamos como locos mientras hablamos y de que ocasionalmente una violenta mano roza sus bigotes casi golpeándolos o de que El Indio decide agresivamente arrojar un periódico a la cama que cae justo en su cabeza, a pesar de eso, él permanece sentado sintiéndonos con los ojos cerrados, acurrucado al estilo de un Gato Buda que medita en medio de nuestros aspavientos como arriba la Paloma… Quisiera saber si el gato se da cuenta de que hay una paloma arriba del closet. Me gustaría que mi familia de Lowell estuviera aquí para que viera la forma en que los mexicanos conviven con los animales.
Pero el pequeño y pobre gato se ha convertido en un enjambre de moscas, lo que parece no importarle porque no se la pasa rascándose como los gatos americanos, se aguanta… Lo cojo y siento su flaco y diminuto esqueleto cubierto de grandes manojos de pelo… A pesar de que México es muy pobre, de que la gente es pobre, todo aquí se hace con alegría y desenfado, no importa lo que sea… Tristessa es una flaca drogadicta que vive su adicción despreocupadamente, un americano la viviría sombríamente… Con todo, ella tose y se queja todo el día, de igual modo y a intervalos el gato explota y se rasca furiosamente, lo que en nada le ayuda.
Jack Kerouac,
Tristessa (novela, fragmento), 1960.
Anduve por el anfiteatro, en forma de abanico, hasta la última fila de asientos ; tuve la impresión de estar en pleno verano, con todas las cigarras zumbando al unísono en mitad de un bosque, durante la mañana.
Alguien pasó una bolsa con pegamento para esnifar, toda humedecida de opalescencias lechosas, otro pasó el brazo por el hombro de una chica riéndose sin parar con la boca llena de dientes, otro llevaba una camiseta con la cara de Jimi Hendrix. Todo tipo de zapatos apisonaban la tierra: de cuero zori, sandalias con correas atadas alrededor de los tobillos, botas de vinilo plateado con flecos, altos tacones esmaltados, zapatillas de tenis, sin contar los pies descalzos. Y toda la gama de pintura de labios, de uñas, de sombra de ojos, de pelos, de colorete oscilando al ritmo de la música el tumulto de inmensa ondulación. Cerveza espumada, desbordada, botellas de cola rotas, humo de cigarrillos alzándose espeso, el sudor resbalaba por la cara de una chica extranjera con un diamante en la frente, un tipo barbudo hacía girar un foulard verde anudado, subido en una silla y meneando los hombros. Una chica con una pluma en su sombrero escupió saliva, otra chica con gafas de sol verdes, abriendo la boca, se mordía por dentro las mejillas. Su falda, larga y mugrienta, se encrespaba ondeándose. El movimiento del aire parecía concentrarse alrededor suyo al compás del balanceo de sus caderas.
-¡Eh, Ryu! Eres Ryu ¿verdad?
El tío que me hablaba había extendido un paño negro en el suelo junto a la fuente de agua que había en la esquina del camino, y encima había colocado artículos de metal, broches y alfileres de corbata con forma de animales o símbolos zodiacales, incienso hindú, y folletos sobre yoga y drogas.
-¿Qué tal? ¿Te has hecho comerciante?
El tío, que se apodaba Macho, me sonrió mientras me acercaba, extendiendo sus manos en círculo, aquellas manos que siempre acariciaban discos de Pink Floyd cuando nos sentábamos en las cafeterías, tiempo atrás.
-No, sólo estoy ayudando a un amigo –dijo, meneando la cabeza. Era delgado, los dedos de sus pies estaban negros de mugre, le faltaba uno de los dientes frontales.
-Es un muermo, este tipo de música machacona está pasada de moda. Antes han actuado unos cantantes maricones, Julie o no sé qué, les he tirado piedras.
(…)
¿Ryu, te acuerdas de Meg? Ya sabes, la chica que vino a vernos en Kyoto y que quería tocar el órgano en nuestra banda. La de los ojos grandes, sí, aquella que nos contó que la habían echado de la escuela de arte –dijo Macho, sacándome un cigarrillo del bolsillo de la camisa y encendiéndolo. El humo escapó entre los huecos de sus dientes.
-Claro que me acuerdo.
-Vino a Tokio, a mi casa, quise que se pusiera en contacto contigo también, pero no sabía tu dirección. Porque ella decía todo el rato que quería verte, sabes. Debió ser poco tiempo después de que te mudaras.
-¿De verdad? A mí también me hubiera gustado mucho verla.
-Vivimos juntos un tiempo. Era una buena chica, Ryu, realmente una buena chica. Sí, era dulce, muy dulce. Por ejemplo, en el mercado vio que un conejo no se había vendido y le dio pena y lo cambió por su reloj. Era una tía con pasta, el reloj era un Omega, por un birrioso conejo, realmente demasiado, pero era de esa clase de chicas.
-¿Sigue todavía por aquí?
-Sin responder, Macho se levantó la pernera del pantalón y me enseñó su pantorrilla izquierda. Rosadas cicatrices de quemaduras le subían por toda la piel.
-¿Qué es eso? ¿Te quemaste? ¿Qué ocurrió? Tiene mala pinta.
-Sí, mal asunto, estábamos pirados y bailando, sabes, en mi habitación. Su falda se prendió fuego, de la estufa de gas, sabes, una maxifalda. Ardió en el acto, en un instante, y ni siquiera se le podía ver la cara.
Se echó hacia atrás el pelo lacio, tiró el cigarrillo y lo apagó con su sandalia.
-Se quemó, casi hasta carbonizarse, un cuerpo abrasado no es agradable de ver, sabes, una cosa mala. Vino su padre. ¿Y cuantos años te crees que tenía ella? Quince, sólo quince años, me quedé petrificado al enterarme.
Sacó chicle de un bolsillo y se lo llevó a sus dientes rotos. Lo rechacé cuando me lo ofreció.
-Si yo hubiera sabido la edad que tenía, la hubiera mandado de vuelta a Kyoto. Me dijo que tenía veintiuno, actuaba como si los tuviera, así que la creí, de veras.
Luego Macho dijo que quizás volviese al campo, que si quería ir a visitarle.
-Siempre me estoy acordando del aspecto de su cara en aquel momento. Para el viejo también fue terrible. No voy a pirarme nunca más. Al menos con aquella mierda de Hyminal.
-¿Le pasó algo a tu piano?
-¿Si se quemó? Ella fue la única que ardió, sabes, el piano ni se enteró.
-¿Pero ahora ya no lo tocas?
-Sí, sí lo toco. ¿Y tú qué tal, Ryu?
-Me estoy quedando hecho pura herrumbre.
Macho se levantó y fue a comprar un par de coca-colas. Me ofreció unas palomitas sobrantes. De vez en cuando, soplaba una brisa caliente.
Las burbujas me pinchaban la garganta, agarrotada por el Nibrole. Sobre el paño negro, un pequeño espejito con los bordes labrados reflejaba mis ojos amarillentos.
-¿Te acuerdas cuando yo tocaba el Crystal Ship de los Doors?
-Cállate, ahora cuando lo oigo me dan ganas de llorar, cuando oigo ese piano es como si lo estuviera tocando yo, no puedo aguantarlo. Quizás dentro de muy poco ya no sea capaz de escuchar nada, todo es tan condenadamente nostálgico. Estoy quemado. ¿Y tú, Rúo? Porque muy pronto los dos cumpliremos los veinte ¿no? No quiero acabar como Meg, no quiero volver a ver a nadie en ese estado.
-¿Vas a volver a tocar a Schumann?
-No me refiero a eso, sabes, pero de lo que estoy seguro es de que quiero apartarme de esta asquerosa forma de vida, lo que pasa es que no sé qué hacer.
Escolares con uniformes negros pasaban en línea de a tres por el camino que había más abajo. Una mujer con un banderín de guía, con toda la pinta de ser la profesora, les estaba diciendo algo en voz alta. Una niñita se paró y nos miró a Macho y a mí apoyados en la verja de alambre, los dos con melenas y aspecto cansado. Llevaba un gorro rojo y nos miró, mientras sus compañeros iban pasando de largo. La profesora le dio un golpecito en la cabeza y ella volvió a la fila corriendo, agitando un morral blanco. Antes de perderse de vista, se dio la vuelta para echarnos una última mirada.
-Un viajecito escolar –murmuré.
Macho escupió el chicle y se rió:
-¿Un viaje a mi edad?
-¿Oye, Macho, qué pasó con el conejo?
-¿El conejo? Lo conservé un tiempo pero me daba malas vibraciones, y no pude encontrar a nadie que se lo quedara.
-Quizás yo podría.
-¿Eh? Demasiado tarde, me lo comí.
-¿Te lo comiste?
-Sí, le pedí al carnicero del barrio que lo matara, pero era un conejo muy pequeño, no tenía mucha carne. Lo rocié con ketchup, sabes, me costó sacar algo.
-¿Te lo comiste, eh?
El sonido de los grandes bafles parecía ajeno a la gente que se movía en el escenario. Parecía un ruido que hubiese estado sonando desde el principio de los tiempos, y que, hoy, una banda de monos maquillado bailasen a su ritmo.
Toda sudorosa, Moko vino hacia nosotros, miró a Macho y me agarró de la manga.
-Te llama Yoshiyama, allá abajo. A Kazuo le han pegado los de seguridad, está herido.
Macho se volvió a sentar junto al paño negro.
-Oye, Macho, avísame cuando te vayas al campo.
Le lancé un paquete de Kool mentolado.
-Sí, y tú cuídate –me lanzó un broche hecho con nácar transparente-. Aquí tienes, Ryu, es el Barco de Cristal.
Ryu Murakami,
Azul casi transparente (novela, fragmento), 1976.
¿Has sentido el calor del progreso
bajo las estrellas?
¿Sabes que existimos?
Has olvidado las llaves
del reino
¿Has nacido
y estás vivo?
Reinventemos a los dioses, a los mitos
seculares
Adoremos los símbolos de los profundos bosques ancestrales
(Has olvidado la lección
de la antigua guerra)
Necesitamos doradas, inmensas copulaciones
(…)
¿Sabes que nos gobierna la t.v.
La luna es una bestia de sangre reseca
Bandas de guerrilleros lían porros
en el vecino patio de viña verde
y se aprovisionan para la guerra en las inocentes espaldas
de boyeros agonizantes?
Oh gran creador del ser
concédenos una hora más para
redondear nuestro arte
y perfeccionar nuestras vidas
Las polillas y los ateos son dos veces divinos
y moribundos
Vivimos, morimos
y la muerte a nada pone fin
Seguimos viaje hacia la
Pesadilla
(…)
(Le toqué un muslo
y la muerte sonrió)
Nos hemos reunido en este loco
y antiguo teatro
Para pregonar nuestra pasión de vivir
y huir de la multitudinaria sabiduría
de las calles
(…)
Con nosotros fabrica ángeles la muerte
y nos pone alas
donde teníamos brazos
suaves como garras
de cuervo
Basta de dinero, basta de disfraces
Este otro Reino parece con mucho el mejor
hasta que su otra mandíbula revela el incesto
y la relajada obediencia a una ley vegetal
No iré
Prefiero un Festín de Amigos
a la familia Gigante
James Douglas Morrison,
Una plegaria americana (fragmentos), 1970.
Sonámbulo, dormido y despierto a la vez,
en silencio recorro la ciudad sumergida.
¡Y dudo! Y no me atrevo a preguntarme si es
el despertar de un sueño o es un sueño mi vida.
En la noche resuena, como en un mundo hueco,
el ruido de mis pasos prolongados, distantes.
Siento miedo de que no sea sino el eco
de otros pasos ajenos, que pasaron mucho antes.
Miedo de no ser nada más que un jirón del sueño
de alguien -¿de Dios?- que sueña en este mundo amargo.
Miedo de que despierte ese alguien –¿Dios?, el dueño
de un sueño cada vez más profundo y más largo.
Estrella que te asomas, temblorosa y despierta,
tímida aparición en el cielo impasible,
tú, como yo –hace siglos-, estás helada y muerta,
mas por tu propia luz sigues siendo visible.
¡Seré polvo en el polvo y olvido en el olvido!
Pero alguien, en la angustia de una noche vacía,
sin saberlo él, ni yo, alguien que no ha nacido
dirá con mis palabras su nocturna agonía.
Xavier Villaurrutia, de Nocturnos y nostalgias (fragmento de Obras).
¿están ante la puerta los amigos
los familiares
tal vez un beso
un apretón de manos?
¿por qué no les dices, madre
que vengan otro día
que uno no nace el día de su cumpleaños
sino al mirar llorar a una muchacha
o al probar ese bocado de durazno
que nos dan en el mercado?
que no insistan
diles,
madre
que no vengan
a decirme que hace un tiempo
yo te desgarraba el vientre
y ese calor que no he sentido desde entonces
que no me digan
que tengo veintitantos años
que tengo la vida por delante
cuando la vida justamente es otro día
que nace
con el primer ojo morado
o con los besos de una novia en el verano
¿es que no entienden
que uno nace
el día en que descubre el chocolate
o un papel con la letra del abuelo
y no este frío y solitario ocho de enero?
Moisés Ramírez, de Manual para cantar.Lee más aquí
HOY: 30 años de la muerte de Lezama Lima
Mamita había criado a Trinidad, Vivino, Tranquilino y el ordenanza. Esos nombres se habían contraído a la facilidad y eran Truni, Tránquilo y Vivo. Se le decía Mamita porque era la Abuela. No se hablaba nunca de sus padres, se habían difundido en un claroscuro familiar. Mamita era la vieja pasa, pequeña, ligera, siempre despierta hilandera, hablaba poco, como si suspendiese la respiración al hablar. Su carne era su bondad. Su fidelidad lejana era el Coronel. De lejos le seguía, lo cuidaba con oraciones y rosarios. Sabía que su casa y sus nietos dependían de él. En 1910 se había arrancado de Sancti Spiritus. Había que meter los nietos en el ejército. El ordenanza Morla, parlanchín y falso, tenía asegurado su puesto. A Tránquilo, que había domado potros, había que meterlo en el Permanente. Vivo era perezoso y siempre estaba escapado. Su acción adquiría siempre el relieve de una fuga. Truni, punto medio de criada y niña de compañía, estaba siempre de novios. Se casaría con el gallego Zoar, ordenanza segundo. Mamita se deslizaba entre todas esas figuras fuertes, solapadas, de léperos, con toques de silencio y bondad. Cuando aquellos campesinos, que el Coronel empotraría en el ejército, hablaban de sus señores, Mamita sin odiarlos, se silenciaba para agrandar su fidelidad. En aquellos años ya parecía que se iba a ir, que se moriría muy pronto. Era siempre esa persona indecisa, delicada, que cuando la conocemos se muere tres años más tarde. Así se ovillaba en el recuerdo, entre su trabajo y su desvanecerse. Su vejez era como otra forma de juventud, más penetrante a la transparencia, a la ligereza. Saltaba del sueño a lo cotidiano sin establecer diferencias, como si se alejase sola, caminando sobre las aguas.
El solarete entrelazado a la rifosa casa del Venado, produce una escasez de pinta sobresaltada, abundoso el parche se hace montura y se ramea con una corbata Zulka, regalo del patrón en trance de carantoñas a la tía dulcera. Juan Cazar, bombero retirado, ebanista de viruta jengibre, hace himeneo legalizado con Petronila, y su hija Nila, que asegura ringlera de suspensos en el ingreso normalista. El caserío se aplana en una hondonada, y la latería de la conserva grande se amarra a la madera breve por la techumbre. Un cartón de caja grande de sombrero cierra el ojo a la sonrisa de una puerta con un mantecado viejo. La cama de dos, con un estampado aguado, que le regaló la viuda a Petronila, que camina todas las tardes hacia el caserón para dar puntadas o descoser un vestido de mostacilla, envegetado en un daguerrotipo. Cazar está ciego y Petronila engorda a falsía de cardiaca. A la izquierda del camerón, el piano de Nila, enseria siesta. A la otra banda, la ceguera de Cazar traza laberintos en la recién traída mesa escritorio de cortina plegable. Centellita por aquellas pesadeces el canario se escapa de las puntadas y del cegato. A los pies de la camera, una cortinilla obtura el plegable donde Nila duerme sus libretas de notas. De noche Petronila florece por el caserío con bisbiseos y pitagorismos antillanos. Cuando regresa a su arqueta, cubre con arenilla de leve montaña el verticalizado esqueleto de un pez. Por el alba, los cuatro mulatones más viejos del caserío acuden a desenfundar la fauna cabalística. Los cuatro venerables se retiran en alabancioso ceremonial.
José Lezama Lima
Paradiso (novela, fragmento), 1968.