martes, 8 de agosto de 2006

Antiserenatas (última parte del jueves perfecto)

Así que mientras recorremos la ciudad, oímos música de Morrisey y miramos los graffittis de Sueño-Dimes-HEM en nuestras paredes. Esta es nuestra ciudad y la verdad nos avergüenza, pero nunca hacemos nada por mejorarla. Y mientras descendemos por los laberintos repletos de baches de esta nuestra ciudad, los muchachos afinan las guitarras y, por supuesto, escuchan a Morrisey. No a todos les gusta, no todos lo queremos oír.
El caset rebota. Y Carter the Unstoppable Sex Machine deja oír su cyberpunkismo inglés de finales de siglo.
Hemos llegado a la casa de la primera víctima. El nombre no lo conozco, pero sé que le dicen Fantoche. Se cree punk e insulta a toda la gente. Piensa que eso es ser punk. Pobre de él, no quiero imaginar lo que le harán Zoé, Skin y los otros, y tampoco quiero pensar cómo lo orinaría John Lydon. Y pensar que no se tomaría la molestia.
Tocamos a su casa y al salir le gritamos algunas frases para hacerlo sufrir; después se escuchó el solo de la guitarra, e inmediatamente se dejaron ver las bombas llenas de meados, que le tirábamos a su cara y a su cuerpo. Lloró mucho. Nunca antes lo había visto llorar y después de esto dudo mucho que se nos vuelva a acercar. Tal vez esto le enseñe a no creerse el muy punk.
-Y esto fue Fantoche, la antioda –gritó alguien desde la penumbra.
Luego partimos hacia otra víctima, hacia mi víctima. Hacia este momento que tanto esperé y que todos deseábamos vivir, hacia la humillación de quien siempre intentó hacerme daño y sin embargo nunca lo logró completamente.
No tardamos mucho en llegar, si acaso cinco minutos. No perdimos un solo minuto, las mañanitas hardcore punk sonaron desde que bajamos del carro.
-Estas son las mañanitas / que cantaba el Rey David / a los tontos cabezones / que golpeamos así.
Y al cantar esto pateábamos al aire, o al piso, o golpeábamos algo con mucho coraje. César no tardó en salir y trató de tomar la antiserenata como una broma. Nos recibió con un:
-¿Qué onda? Pásense un rato, ¿no?
Siempre lo hemos odiado. Es malo. Trata mal a todos, se cree el héroe y en la primera oportunidad trata de humillarte. Una vez fui su amigo, pensamos abrir un negocio (un puesto en el swap meet), sólo que tuvimos un pequeño problema: no estábamos de acuerdo en si ponerle nombre o no. Él deseaba ponerle un nombre tonto como Seducción Violenta o Ansia Conformista. Yo no quise tener un negocio llamado así y rompí el trato, digo ¿quién diablos le pone nombre a los puestos en un swap meet? Obviamente, nada más la gente como él. Una semana después mandó a veinte muchachos a golpearme. Poco faltó para que lo hicieran, pero me escapé corriendo de una manera no muy heroica. Ahora es su turno, sólo que él no escapará. No me arrepiento de mi pasado y espero que él tampoco se arrepienta del suyo.
-¿Chingasatumadre? –le pregunto.
Lo tomó a broma. Se rió. Skin y un desconocido lo tomaron por la espalda. Zoe me pasó un bote de pintura aerosol plateada, de esas que no dañan el ozono (estilo glitter disco clásico) y Karlos me pasó otro (color verde fosforecente glow-in-the-dark). Entre todos lo desnudamos (sin golpearlo). Luego lo pinté. La cara plateada, el cuerpo verde.
Pasarán días para que se le borre la pintura; preferiría que pasaran años (de paso me volvería adulto y sería libre).
La noche transcurrió entre serenatas y patadas. Me recordó tanto a Naranja Mecánica (esta noche todos fuimos Alex). Finalmente llegó el amanecer y, con él, el mundo ordinario. Nos olvidamos de estos nuestros problemas y adoptamos otros aún más sencillos, aún más ridículos, más difíciles de resolver.


Fran Ilich
Metro-Pop (novela, fragmento), 1997.

El rey criollo

Antes de empezar la película era un auténtico relajo, un vil desmadre como se dice vulgarmente. Las pandillas gritaban: ¡Aquí la Guerrero! ¡Aquí la Roma! ¡ChinguenasuputamadrelosputosojetesdelaNarvarte! No sé a qué se debe que seamos tan odiados. ¡LosnacosdelaGuerreronosvienenapelarlaverga! O los gritos entre los gritos: ¡Todaslasviejasdeallaabajosonunaboladeputasculeras! ¡Yallegósupadrehijosdelachingada! Y luego un cuate con voz de trueno gritando: ¡Chingueasumadreelquenoladre! Y todo el pinchecine ladra y ladra, creo que hasta las viejas, menos yo porque no le hago caso a cualquierpendejo. Y yo por acá y por allá, allende y acullá, saludando a cuates de la prepa: al Malhecho, al Chiras, a Germán el pianista del conjunto de la prepa llamado Los Boppers, al Greña Brava, al Mechas de Indio, al Solícito, en fin a todos los seguidores de Elvis y el rock. Y entra y entra cuates y cuates en bola, silbando, risa y risa. Y que entran unas viejas con chamarras de cuero con suásticas pintadas, pony tails n’ bobby socks, muy rocanroleras, con libros y cuadernos. Y una boladecabrones las rodeó. Las viejas del miedo no saben qué hacer. Los cuates: ¡Órale, órale! Yo me preguntaba: órale qué. Las viejas bien espantadas, fruncidas a morir. ¡Déjenos ir! Uno que otro las manoseaba discretamente. Las viejas: ¿Qué quieren? Unos cuates: ¡Déjenlas! Y uno: ¡Que bailen! ¡Sí, que bailen!, respondió la bola. ¡Que bailen! Y la que parecía la líder: Okey, si bailamos, ¿nos dejan? Y un cuate empezó a cantar: Bibopalula es mi beibi / Bibopalula nadie sabe cómo te quiero yo, te quiero yo, te quiero yo / Bibopalula no me dejes así, me dejes así, me dejes así. Y las pinchesviejas baila y baila como locas, sacudiéndose todas. Los cuates palmotea y palmotea, chasqueando los dedos. La jefa era la que hacía pasos a la Elvis por aquí y por allá, temblando una pierna. Las otras: ¿ya? ¿ya? Y loscabrones: otra y ya. Y luego el cantante antipresley: ese pollito yo vi cómo se me sonrió… Y de la multitud de rebeldes surgieron unos héroes. Ya estuvo bueno, déjenlas. Y las dejaron ir. Salieron como cohetes. Felices de que nada más las hubieran hecho bailar y no les hubieran hecho otra cosa. Se apagaron las luces y todo el cine se calló. Un silencio largo, largo. Y cuando empezaron los noticieros todo el mundo mentandolelamadre al cácaro, silbando. El Noticiero Continental parecía no tener sonido, todo mundo rayándolesuputamadrealcabrón que hablaba. Luego unas voces cantando: Me voy pa’l pueblo/ hoy es mi día /chingueasumadrelapolicía. Y claro, todo el mundo se puso a cantar. Yo estaba botado de la risa, canta y canta: Me voy pa’l pueblo/ hoy es mi día /chingueasumadrelapolicía. Y luego una voz por un micrófono dijo que si seguía el desmadre la función sería interrumpida. Todos lementaronlamadre al dueño de la voz. Y empezó King Creole.
El bajo, las voces de Los Jordanaires. La voz del Rey: There’s a man in New Orleans who plays the rock n’ roll…
Abajo las viejas gritando, arriba también los cuates. Todos palmoteando, chasqueando los dedos al compás de “King Creole”. Y cuando apareció Elvis algunos gritándole.
Todos fumában como locos. Elvis, recargado en un barandal de la terraza de una casa vieja colonial de New Orleans cantaba “Crawfish”, los cuates chasqueaban los dedos. Yo fuma y fuma. Mis cuates palmoteando cuando Elvis cantaba “Trouble” en el cabaret de los años veinte, el Golden Goose, padre, digo, chingonchingonísimo. Elvis bailando depocamadre, de seguro abajo, las nenas locas, muertas, delirando, extasiadas. Algunas viejas gritaban como si las estuvieran desflorando o algo por el estilo. Pero en realidad abajo casi estaba en silencio. Entre una escena romántica entre Elvis y la heroína, unos gritaron: ¡Yacógetelabuey! ¡Esaviejaesputa! ¡Yanoesquinto! ¡Yanoseteparaniconglobos! Los cigarros volando y brillando por aquí y por allá como luciérnagas. Elvis cantaba “Don’t ask me why”. Rock lento: I’ll go on living you / Don´t ask me why / Don’t know what else to do / Don’t ask me why / Hoy wad my heart would be / if you should go… Y yo pensansando en Lulú: junto a mi en el cine. Y cuando Elvis cantaba “Lover Doll”: …You’re the cutest lover doll… I’m crazy for you… Let me rock you in my arms… I’ll take you home… Let me be your lover boy, let me be your lover boy… Yo y Lulú en una fiesta bailando, yo y Lulú en la sala de su casa, yo y Lulú caminando por una calle al atardecer, yo con mi guitarra de dos cuerdas rocanroleando. Young dreams, my Herat is fill with young dreams… In my eyes, oh can you see in my eyes that you are the only one / who make my young dreams come true… /Take my hand… Oh darlin’ take my hand… And let me make you part of all my young dreams… sentados en la alfombra, oyendo el disco en la sala de la casa de Lulú.
Bienchingona la película, cuando por lo que sea el cine estaba en silencio, unas viejas entraron, empezaron a buscar asientos. Y del silencio surgió un grito: ¡Carne! ¡Carne! ¡Caaarrneeee! Y una bola se abalanzó contra ellas. Y ellas empezaron a gritar y los cuates se las cachondeaban por todos lados… Ellas lloraban. Una de ellas gritó:
-¡Hija! ¡Hija! ¡Dios mío!
Algunos cuates las defendieron, se armaronlosmadrazos y ellas pudieron huir, medio desvestidas, luego pareció que ya todo se había calmado, pero empezaron a arrancar los asientos de las butacas y a aventarlos, todo mundo corriendo como loco por todas partes, como si se estuviera incendiando el cine. La función se interrumpió y encendieron las luces. Y siguió el desmadre hasta que llegaron los granaderos y nos sacaron a todos del cine. Las chamacas espantadas de verles la cara como nalgasdegorila a los granaderos. Nada pasó, los granaderos no le hicieron nada a nadie.


Parménides García Saldaña
El rey criollo (cuento, fragmento), de El rey criollo, 1967/1997.

La tumba

Si inclino la cabeza, ¿qué pasa? Nada. Siempre me pregunté que si en lugar de masa encefálica no tendría algún líquido dentro de mi cerebro. Como el de los encendedores. Movía la cabeza, tratando de escuchar ruidos.
Me divertía más eso que oír las alegrías de los amigos de mi padre. Uno de ellos, el señor Noimportasunombre, estaba muy acalorado y hasta podía decirse que intimidaba a los demás. Otro señor ídem, calvo y esquelético, lo reprobaba con movimientos periódicos de cabeza.
¿Tendrá algo gris dentro de ese óvalo?, me pregunté, pareciéndome graciosa la idea.
El señor Acalorado se calmó y siguieron platicando tranquilamente. Al entrar mi padre, alguien dijo que yo era un muchacho muy serio y rió con estupidez. Después, se volvió hacia mí, paternal.
-¿Qué estudias?
-Entré en la preparatoria.
-¿Listo para sobresalir?
-¡Sí!
-¿Es cierto que hablas francés?
-Sí, señor.
-¡Qué bien!
-Escribe –terció mi padre.
-¿Qué escribes?
-Cuentos, novelas; en resumen, estupideces.
-¿Qué tratan tus novelas?
-Lo que se puede, señor.
-¿Abordas problemas sexuales?
-Cuando es necesario, señor.
-Eso es muy interesante.
-No, no lo es, señor, nunca me ha interesado el morbo ni escribir para morbosos.
La cara se le encendió cuando mi padre me lanzaba una mirada severa. Sonreí. Merecido lo tienes, por cochino.
Siguieron platicando. Alguien se lanzó a narrar, con todo lujo de precisiones, la última escaramuza de su incesante persecución de faldas. Me miraron de soslayo.
Maldije la hora en que había decidido acompañar a mi padre a su club. Jacques, que creía filosofar, alguna vez sentenció:
-Si el aburrimiento matase, en el mundo sólo habría tumbas.
Juzgué en esos momentos que tenía razón, para luego recurrir a la pregunta acerca del interior de mi cerebro.
¿Líquido?, ¡psst! -¿Qué estaría haciendo el Círculo Literario? -¿Masa encefálica, o fálica nada más? –Iban a leer a Kierkegaard, je je, una parte del Concepto de la angustia. –Un torrente de líquido artificial corre por mi cerebro. –Debí haber ido. –Y no sólo en la cabeza: en todo el organismo. -¡Ahora, seguramente, destrozan a Kierkegaard! –Las venas, llenas. –Pero cuando hablen de Nietzsche, Jacques lo defenderá con ardor. –Nos suena-. Se cree superhombre.
¡Zas!, una muchacha entró, seguida de un hombre obeso. Ojos vivos, nariz perfecta. Muy bonita. Se hacen las presentaciones. Germaine Noentendí, hija de conocido explotador extranjero.
-Mucho gusto.
-El gusto es suyo.
Nos aconsejan que salgamos a tomar un refresco.
-Encantado.
Camina muy chic. Veinte años, no más. Entramos en el bar.
-Un high.
-Ídem.
Me mira, sonriendo cortésmente. Por supuesto, trata de aquilatarme.
-¿Pasé?
-¿Cómo?
-Que si pasé el examen.
Sonríe.
-Sí.
-¿Con qué calificación?
-Mínima aprobatoria –riendo.
-Ajá.
-¿Y yo?
-Aprobadísima, con mención et all.
Pensé: Esto no va del todo mal. Llega el mesero con los whiskies. Ahora, las preguntas de rigor, comienza la ronda de siempre.
-¿Cómo te llamas?
-Gabriel Guía es el nombre.
-¿Con dos ges? Yo me llamo Germaine Giraudoux.
-Con dos ges también.
-Sí.
-Es gracioso. Y tú, ¿qué haces?
-Pretendo estudiar.
-Ah. ¿Y qué estudias?
-Filosofía.
(Que je suis un menteur!)
-Eso no está mal.
-No, no lo está. Y tú, ¿a qué te dedicas, digo, aparte de frecuentar este horrendo club de señores panzones?
-No me dedico más que a lo normal.
-¿Qué es lo normal?
-La sarta de estupideces por las que atravesamos.
-¿Qué, en resumen?
-Es claro: la vida.
-…
-¡Anda, eso es interesante!
-No, querido Gabriel, no lo es.
(Sceptique?)
-Okay.
-¿Y cómo andas de filosofía?
-Pues…
-¿Qué hay con este muchacho Kierkegaard?
-Es bueno.
-¿Heidegger?
-Ídem.
-¿Y Nietzsche?
-No exageremos.
-Pues no andamos tan lejos.
-Eso me agrada.
-¿Tienes coche?
-Yep.
-¿Todo tuyo?
-Para mí solito.
-Entonces paga. Esfumémonos de aquí.
-Perfecto. Este lugar me hincha.
Pagado el adeudo (dos jaiboles, treinta y dos pesos), salimos. En el coche iba silenciosa, sonriendo de una manera extraña. Ya había anochecido. Di algunas vueltas absurdas y luego me interné en una calle oscura. (Delectatio.) Parpadeaba con una velocidad increíble al decir:
-¿Tan rápido?
y mirándome con una casi húmeda manera, tiró el cigarro por la ventanilla. Contesté simplemente:
-¿Qué esperamos?
Besaba muy raro, con una especie de refinamiento para mí desconocido. Al preguntarle por el origen de su kissin’ way, sólo dijo:
-Es mi estilo.


José Agustín
La tumba (novela, fragmento), 1964.

miércoles, 2 de agosto de 2006

Un plato de soledad

Si está muerta, pensé, jamás la encontraré en esta blanca riada de luz lunar sobre el mar blanco, con el oleaje que va y viene sobre la pálida, pálida arena como un gran champú. Casi siempre, los suicidas que se clavan un cuchillo o se pegan un tiro en el corazón toman la precaución de desnudarse el pecho, el mismo extraño impulso hace que, por lo general, los que se suicidan en el mar vayan desnudos.
Un poco más temprano, pensé, o más tarde, y proyectarían sombras las dunas y la espasmódica respiración de la espuma. Ahora la única sombra real era la mía, una cosa pequeña allí debajo, pero suficientemente negra como para alimentar la negrura de la sombra de un zeppelín.
Un poco antes, pensé, y podría haberla visto caminar arrastrando los pies por la orilla plateada buscando un sitio bastante solitario donde morir. Un poco después y mis piernas se rebelarían contra ese trote difícil por la arena, la exasperante arena que no podía sostener y no estaba dispuesta a ayudar a un hombre con prisa.
Mis piernas cedieron entonces y me arrodillé de pronto, sollozando: no por ella, todavía, sino por el aire. Había tantas corrientes: viento, y espuma enredada, y colores sobre colores y tonos de colores que no eran colores sino variaciones de blanco y plateado. Si una luz como aquella fuera sonido, sonaría como el mar en la arena, y si mis oídos fueran ojos, verían esa luz.
Me quedé allí en cuclillas, jadeando en medio del remolino, y entonces me golpeó el agua, una ola rápida y poco profunda, que al tocarme las rodillas saltó y giró como pétalos de flor, mojándome hasta la cintura. Apreté los ojos con los nudillos para que se abrieran de nuevo. Tenía en los labios el mar con el sabor de las lágrimas, y toda la noche blanca gritaba y lloraba en voz alta.


Theodore Sturgeon, Un plato de soledad (cuento, fragmento)
De La fuente del unicornio, 1953.

El prodigioso miligramo

...moverán prodigiosos miligramos
CARLOS PELLICER


Una hormiga censurada por la sutileza de sus cargas y por sus frecuentes distracciones, encontró una mañana, al desviarse nuevamente del camino, un prodigioso miligramo.
Sin detenerse a meditar en las consecuencias del hallazgo, cogió el miligramo y se lo puso en la espalda. Comprobó con alegría una carga justa para ella. El peso ideal de aquel objeto daba a su cuerpo extraña energía: como el peso de las alas en el cuerpo de los pájaros. En realidad, una de las causas que anticipan la muerte de las hormigas es la ambiciosa desconsideración de sus propias fuerzas. Después de entregar en el depósito de cereales un grano de maíz, la hormiga que lo ha conducido a través de un kilómetro apenas tiene fuerzas para arrastrar al cementerio su propio cadáver.
La hormiga del hallazgo ignoraba su fortuna, pero sus pasos demostraron la prisa ansiosa del que huye llevando un tesoro. Un vago y saludable sentimiento de reivindicación comenzaba a henchir su espíritu. Después de un larguísimo rodeo, hecho con alegre propósito, se unió al hilo de sus compañeras que regresaban todas, al caer la tarde, con la carga solicitada ese día: pequeños fragmentos de hoja de lechuga cuidadosamente recortados. El camino de las hormigas formaba una delgada y confusa crestería de diminuto verdor. Era imposible engañar a nadie: el miligramo desentonaba violentamente en aquella perfecta uniformidad.

Juan José Arreola, El prodigioso miligramo (cuento, fragmento)
De Confabulario, 1952.



Descárgalo completo aquí.

Grita!

Hoy te encuentro como vuelta de un naufragio
Levemente fría y neblinosa,
Aunque te niegue el rugido de las calles
Grita
Grita alto sobre el estruendo y la indiferencia
Entre las multitudes
Frente a las caras muertas de los bares
Grita junto a los números turbios del calendario
Contra la policía
Contra el humo que inunda los cristales
Y la prisa urbana ajena del azul
Contra este vaivén infame de difuntos
Contra el orden
GRITA.


Agustín García Delgado.

martes, 1 de agosto de 2006

Radiotekhnika cantina

La peregrinación llegaba a su fin. La iguana tenía rato de muerta, era un cartón viejo, planchado sobre el asfalto del enorme estacionamiento. Se freía a fuego lento, al igual que la Caribe roja que entraba al lugar. Ya nadie construía SAM’S en medio del desierto, al menos no tan lejos de Hermosillo. Entre la reverberación, los tripulantes del vehículo distinguieron el esqueleto del supermercado mayorista: siempre había sido un falso oasis.
-Va-mos-a-va-ler-ma-dres –tarareaba ella mientras bajaba de la Caribe, bailando al ritmo de la música que emitía su discman sin baterías. Él la ignoró, mientras sacaba el cuerpo del Tanates para dejarlo al lado de la iguana, para que al menos se hicieran compañía. Lo dejó boca arriba, con el hoyo de la bala expuesto en la frente, pensó que así le hubiera gustado quedar.

Gerardo Sifuentes, Radiotekhnika cantina (cuento, fragmento)
De Perro de luz, 1999.

Conversaciones con Yoni Rei

CORTE A:
Fotografía de Yoni Rei con cara de felicidad, mientras conecta una terminal eléctrica al soquet que tiene en la cabeza, directo a sus centros de placer.

Yoni Rei tenía que ir cada semana, imaginen ustedes, a la sucursal indicada por la corporación para que le dieran una dosis de Fribidol, necesaria para poder vivir. Todos los ahora jóvenes resultado de este experimento lo tienen que hacer. ¿Por qué? Eso es fácil, los hacían adictos desde pequeños, era una forma de control. Una voz metálica y engañosamente amable, le decía: Yoni Rei, deja de jugar con la pierna mecánica de tu compañero, o deja de jalar los cables de tu hermanito, o vuelve a poner la batería de tal o cual muchacho en sus espalda, o no te vamos a dar de tus dulces. Y los dulces eran tabletas de Fribidol cubiertas de caramelo. Y Yoni Rei lloraba con los primeros síntomas de necesidad de la droga, cuando las conexiones que unían su piel y los circuitos electrónicos empezaban a doler como una continua extracción dental, cuando su boca se llenaba, lentamente, del sabor a la desesperación, del saber que tienes una comezón que no puedes rascar, de la sensación de que hay insectos que hacen sus nidos y tienen sus crías bajo tu piel, de esa hambre insaciable del alma que sufre cualquier drogadicto. Quizás por eso Yoni Rei se sacó un ojo, con sus propios dedos, cuando tenía seis años de edad. Pero no tenía que preocuparse; gracias a la ciencia moderna, gracias a la tecnología y a la buena voluntad de TELCOR, Yoni Rei recibió un ojo nuevo, un ojo metálico, un ojo impuesto en su cuerpo con tanta violencia como fue arrancado.


Pepe Rojo, Conversaciones con Yoni Rei (cuento, fragmento)
De Yonke, 1998.